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Madre Rocío, compartiendo en Adviento

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Vamos con otra hermana, es el turno de sor Rocío....

Mi vivencia del pasado Año de la Misericordia
Como hija de la Iglesia, he tratado de estar en comunión con ella, atenta a las indicaciones del papa Francisco. Sé que el papa tiene una intuición más acertada de lo que necesita la Iglesia en estos momentos; el estar asistido particularmente por el Espíritu santo, le otorga mayor objetividad que sus detractores y admiradores; no se le ocultan muchas realidades, que le transmitió el papa emérito Benedicto, dejándole tarea para su pontificado.
Me da la sensación de que suscita mucha curiosidad, ver los pasos que va dando en el gobierno de la Iglesia. Pero es muy vana esa curiosidad, si sólo alimenta el ‘sensacionalismo’ del mundanal ruido.
Por lo que a mí respecta, meditar en su enseñanza y la trayectoria que nos va marcando, me está motivando a remangarme los brazos y a ponerme manos a la obra.
Recientemente me llamó la atención un titular y unas pocas líneas que ojeé de una revista por ahí dejada. Se trataba de una revista muy pasada de fecha. En ella el redactor del artículo indagaba si el papa Francisco sería capaz de llevar a cabo la ‘reforma’ que necesita la Iglesia.
¿La reforma de la Iglesia? Eso esperan: ¿un Reformador de la Iglesia? Yo no veo que sea eso lo nuclear de su enseñanza.
Según el adagio latino: «Ecclesia semper reformandam» (no sé si lo escribí correctamente), traduce una realidad- de hoy y de siempre- en la vida e historia de la Iglesia, pues siempre está necesitada de reforma. Hasta aquí el articulista no andaba errado. Sin embargo pienso que no va a ser una reforma que nos procure distracción y espectáculo- quizás alguno aguarde polémicas públicas, al modo que lo hacen ahora algunos políticos, o que se cambien «verdades de fe».

Lo que veo es otra cosa muy distinta: Primero el papa se dedicó a alentar a la VC en una buenísima dirección y destacaría en ello que: «La buena autoridad es la que aúna personas»; aúna fuerzas, dejando las opiniones en un lugar secundario. Después el papa se ha preocupado de devolvernos a ¡todos! el aliento del amor de Dios, la ruaj divina (como anuncia el profeta del Adviento en su segundo domingo), y Francisco lo ha hecho anunciando un año de gracia de la Misericordia.

A mí me ha ayudado a poner la mirada en ‘el pueblo de Dios’. Ese pueblo de Dios, no se reduce a un grupo reducido, que van a misa los domingos y fiestas de guardar, los llamados “cristianos de toda la vida”. Me ha hecho girar en torno mío 360 grados, dirigiendo la mirada hacia todas las gentes, pueblos y naciones, por los que Dios se hizo carne, y para quienes manifestó a lo vivo su amor.

La Iglesia está necesitada de conversión, es cierto. Francisco bien podría hacer suyas las palabras de un teólogo del CV II (no sé si fue Karl Ranher), que en aquel momento conciliar decía que «la Iglesia tiene que corregir un pecado- muy gordo y serio-, y éste es el de mirarse demasiado a sí misma».

La reforma que está emprendiendo el papa, a la chita callando, es la de zarandear a la Iglesia jerárquica en sus formas, y entregarse como buena madre a sus hijos más necesitados, todos los hombres de a pie, de la calle, de los mercados, de las barriadas periféricas…

Como NP san Benito, creo que en el año de la Misericordia, se ha dado a cada uno lo que le conviene. Por medio de un correctivo “original”,  hecho a base de extremas atenciones hacia todos aquellos para los que parecía vetada la Buena Noticia de Dios.

De manera delicada, pero contundente, ha delatado actitudes mantenidas en la Iglesia por largo tiempo, que le han llevado a un endurecimiento de su cerviz. Casi pareciéramos los religiosos y practicantes de la fe, aquellos que en los primeros siglos del cristianismo se reconocían como ‘gnósticos’, porque eran “los iluminados”, la clase preferencial, para la que estaba destinado el Reino.

En mi caso, como monja contemplativa, apartada de las cosas que se viven ordinariamente en la calle, en el mundo laboral, y cuya misión no se despliega en una actividad en el exterior, sino dentro de un recinto muy acotado, me ha llevado a poner el acento en la vida fraterna.

En un escrito del papa san Juan Pablo II, si mal no recuerdo, se decía que el máximo testimonio de una vida consagrada vivida en comunidad, cenobita como la nuestra, era justamente ese: la vida fraterna. Ni reconocimientos públicos, ni montar instituciones no lucrativas, pero sí vivir una vida fraterna evangélica a tope.
Tengo alimentos básicos, como el pan de su Palabra y el de la Eucaristía, pero mi campo de trabajo, donde se plenifican las gracias que Dios me comunica por estos y otros cauces, están en la VIDA COMUNITARIA que he de vivir.
El año de la Misericordia ha sido un despliegue de ideas para vivirla con nueva frescura; una llamada a reblandecer la cerviz endurecida, por dogmatizar ideas, y no tocar y oler a las ovejas con las que formo rebaño que es, en mi caso, mi comunidad,... el pueblo de Dios al que el papa quiere recuperar para llevarlo al verdadero conocimiento del Dios cristiano.
Desde el achuchón a Vinicio, ese italiano marginado por su enfermedad repulsiva en la piel, hasta la barbería para los  'sin techo' en la barriada vaticana, y lo que hace poco nos leía la madre abadesa- sobre la clausura del Año- convocando a comer con él a 5000 marginados de diferentes países, me parecen todo pautas estupendísimas de ¡reforma! Sí, eso sí que es una verdadera reforma. No tan ruidosa como las polémicas y las guerras ideológicas entre hermanos, pero bastante esclarecedoras.

El año de la Misericordia, junto a la profundización en mis propias fuentes monásticas, me hablan de una vida fraterna que se construye de infinitos pequeños detalles y delicadezas. No es complicado lo que nos pide el papa, hay que tener creatividad para recuperar las cosas pequeñas y sorprendernos del mucho fruto que dan. Con ilusión y ganas.

Eso es lo que más destacaría de este año misericordioso, muchas cosas de estar por casa, testimonian a Dios amor a todos los hombres. Esa es la verdadera reforma que tenemos que hacer todos los cristianos, no solo el papa.  Sor Rocío



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