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Pentecostés, la fiesta del Espíritu de Dios, guardián de la humanidad

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Dios no es algo etéreo o lejano a las vicisitudes de los hombres, su Espíritu está pronto a fortalecer, consolar, iluminar el camino y se concretiza en el mundo en unos frutos que San Pablo expresó a la comunidad de Galacia[1]. Vamos a profundizar en esta breve lectio divina para recoger el agua de Cristo que estas palabras nos traen.



[1] F. VOUGA, “La Carta a los Gálatas” 2n: D. MARGUERAT (Ed.), Introducción al Nuevo Testamento. Su historia, su escritura, su teología. Bilbao 2008, 213 – 227.

LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU.

Dice San Pablo en su bella carta a los hermanos de Galacia:
“El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra tales cosas no hay ley” (Gal 5, 22 – 23) Toda una cadena que relaciona entre sí los frutos de un mismo Espíritu, no son “virtudes desgajadas” sino la única cosecha de caminar según el Espíritu de Jesús[1].

Este caminar lo marcan unos dones que no son conquistados por la fuerza humana, sino que su origen está en Dios. El amor o agápe, encabeza la lista de la carta a los Gálatas porque informa y conforma a los demás dones[2].

Este amor en su sentido original es un amor sereno, de aprecio y relación personal. Diverso del amor impulsivo o fília necesario para el inicio del seguimiento de Jesús en el lenguaje bíblico, pero que debe ir madurando en un proceso lento hasta el agápe.

Es el amor del “Buen Pastor” o Pastor hermoso, según reza el original griego, que conoce a sus ovejas y ellas le conocen, el cual da la vida por las ovejas (Jn 10, 11.14). La belleza del Pastor está en el amor con el que se entrega a sí mismo a la muerte por cada una de ellas, y establece con ellas una relación directa y personal de amor intensísimo. Esto significa que la experiencia de su belleza se hace dejándose amar por él, y donando este amor recibido de Jesús Resucitado al prójimo, siendo su custodio al modo de Dios.  

El segundo fruto es la alegría o jará, que en el Nuevo Testamento es el gozo inmenso como consecuencia de la presencia de Dios entre los hombres, y suele aparecer juntamente con la justicia salvífica y la paz. No es una alegría superficial ni frívola, brota de una experiencia seria y real de encuentro con Dios. Este encuentro tiene un lugar en el que es posible: la Iglesia. En Pentecostés la belleza del Pastor se derramó y se derrama en los corazones sencillos y abiertos, para irradiarla en multitud de gestos. El Pastor hermoso habla al corazón de cada oveja y le da su propia vida a través de los sacramentos; los discípulos pueden beber de la Palabra y de la caridad vivida en la comunidad, que es continuamente revitalizada por el Espíritu. La Iglesia, comunidad de la belleza que salva, posibilita la experiencia de la verdadera alegría que nada ni nadie en el mundo puede dar. Plenitud de la victoria sobre el mal.

El tercer fruto de este precioso rosario de dones es la paz, en hebreo shalôm que significa paz, plenitud, salud, conjunto de todos los bienes, en definitiva la armonía querida por Dios desde la creación.  Al grito desgarrador de abandono que resonó en labios de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” –grito que resume todas las situaciones de aflicción de la humanidad- responde en la Pascua, y en Pentecostés como don, un gozoso grito de fe y esperanza: ¡Paz a vosotros, soy yo!. La certeza de este grito de alegría proclama que todo abismo de mal del mundo ha sido tragado por un abismo de bien, que toda muerte…, que toda tristeza y preocupación tiene ya su final en esta alegría generadora de la paz del Espíritu de Dios.

El Resucitado y el envío del Espíritu han inaugurado verdaderamente un mundo nuevo: es posible vencer al mal a fuerza de bien[3]. El Consolador ha sido enviado al mundo, quien lo acoge es consolado profundamente y lleno de paz para darla a esta humanidad sedienta de armonía.

El cuarto fruto del Espíritu es la paciencia o makrothymía que tiene el sentido de longanimidad, aguante, perseverancia. El judaísmo lo utilizó para traducir el hebreo ’erek ’apayîm, la demora de la explosión de la ira. Este apelativo configura el rostro de Dios, estrechamente relacionado con la misericordia (eleòs) que también marca el corazón de Jesús, manso y humilde, que llama a conversión y espera la vuelta de los discípulos que le abandonaron en la Pasión.

La paciencia en la Escritura es el tiempo del Padre que mira desde lejos y espera la vuelta del hijo para celebrar el hallazgo, y es entrar en este tiempo de Dios; es vigilar siguiendo a Jesús, elegir lo que él eligió, salvar en vez de condenar, sanar en vez de herir, acoger y comprender en vez de juzgar; es amar lo que él amó, conformar la propia vida al modelo de la suya.

Llegar a ser cada vez más conformes a la imagen de Dios, lento a la cólera, hasta vivir cada instante del tiempo en el horizonte del amor de Dios, incluso en la adversidad, ya que la forma del discípulo es la paciencia en el sufrimiento.



[1] J. N. ALETTI, Eclesiología de las cartas de San Pablo, Estella (Navarra) 2010; J. N. ALETTI, “La rhétorique paulinienne: construction at communication d’une pensèe” en: A. DETTWILER – J. D. KAESTLI – D. MARGUERAT (eds.), Paul, une théologie en construction, Ginebra 2004, 47 – 66.

[2] Para todos los términos griegos Cf. H. BALTZ – G. SCHNEIDER, Diccionario Exegético del Nuevo Testamento, I y II, Salamanca 2001-2002.

[3] F. REFOULÉ, “Date de l`´epître aux Galates”, RB 95, 1988, 161 – 183.

El quinto fruto del Paráclito enviado al mundo es la afabilidad (chrestótes) o amabilidad, suavidad, que no resulta de una pose sino que es don de Dios. Traduce el hebreo tôb que significa bueno y bello, y es un calificativo que se usa sólo en referencia a Dios.
Esta amabilidad entraña algo de la bondad y la belleza de Dios, quien al mirar su obra finalizada vio que todo era bueno (tôb). La amabilidad de la que habla San Pablo refleja la belleza de Dios, es parte de la imagen de Dios que quedó plasmada en su criatura. El que se abre al Espíritu creador, cree en la promesa revelada en la pascua, espera el regreso del Señor y busca vivir en el horizonte de la esperanza que no defrauda. Sabiéndose amado, rodeado y custodiado por Dios y su Espíritu, y puede dar esta custodia a la propia vida y al acontecer humano. El hombre puede custodiar el propio corazón para construir relaciones de paz y amabilidad, lejos de toda agresividad y prepotencia.

El sexto fruto que Dios derrama en Pentecostés sobre el mundo es la bondad o rectitud (agathosyne) que hace referencia directa a las obras.
San Pablo en sus escritos contrapone “las obras de las tinieblas” a las que son fruto de la luz, es decir, a la obra de Jesús -luz del mundo- en sus discípulos. Esta obra la realiza por su instrucción, a través de su palabra. El discípulo acogiéndola cada mañana, espabila el oído; deja “cavar el oído” endurecido, para que nazca un corazón trabajado y consolado por la perseverancia en el silencio y la oración.

El séptimo fruto de esta fiesta de Pentecostés es la lealtad o fidelidad (pístis) que significa también fe, confianza, con un sentido de obediencia a la palabra (Rom 10, 16) que incide en la manera de entenderse a sí mismo y de comportarse en la vida. Pablo dirá que la fe vive de la Palabra y está siempre en camino, como la fidelidad (Flp 3, 9), siempre creciendo y madurando, como algo vivo y dinámico que adquiere firmeza por estar sujeto a algo firme, según el sentido hebreo de ’amán, del que procede nuestro amén. La fidelidad es, pues, hacerse fuerte y firme por estar sujeto a Dios, el único firme.

El octavo fruto es la modestia (praytés) o apacibilidad. Es característica del Mesías en el profeta Zacarías (Zac 9, 9), que es manso y apacible porque renuncia a la violencia ya que pone su confianza en Dios. Es fruto de un espíritu dulce y sereno (1Pe 3,4) que no realiza réplicas airadas (St 1, 21) porque ha renunciado a la queja y la murmuración, que roban el poder a Dios en la historia y rompe su plan.

El noveno fruto de esta fiesta del Espíritu es el dominio de sí o templanza (egkrateia) que contiene en su esencia, no sólo renuncia, sino un SÍ al amor de Dios, un constante sí a su plan y a su palabra que transforma el corazón, lo hace vivir en la novedad y el desapego de lo propio, de los intereses particulares, para en libertad desarrollar la llamada a ser guardián del hermano, no su rival.

Todos estos frutos que traen la acogida del Espíritu Santo nos impulsan a agudizar nuestro oído a Dios y decir:
“Señor, espabila mi oído para que escuche como un discípulo, y aprenda a discernir los signos de tu Espíritu Paráclito y de tu presencia tranquilizadora delante de mi puerta que llama con insistencia. Que te abra cada día y te acoja como grato huésped en mi casa, y reciba el aliento que me traes. Que junto a tu mesa comparta el pan de la ternura y de la fuerza, el vino de la alegría y del sacrificio, la palabra de la sabiduría y de la promesa, la oración de acción de gracias y de abandono en las manos del Padre. Y regrese al camino cotidiano de vivir con paz indestructible y ojos que sepan ver la belleza de tus obras a las que he de custodiar. Amén”.

Hna. PILAR AVELLANEDA RUIZ, CCSB.

 



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