Monasterio Cisterciense Santa María la Real de Villamayor de los Montes -Burgos, España-

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LA COMIDA EN LA VIDA MONÁSTICA

COMPARTIR FRATERNO DE SOR ARÁNZAZU

Al hilo de lo que vamos compartiendo cada noche en nuestros encuentros en la Sala Capitular, os presentamos una primera entrega.

Sor Aránzazu planteó cómo vive la comida, una persona que sigue a Jesucristo en un monasterio cisterciense-benedictino:

 

FOTOsor Aránzazu

sor Aránzazu

Reflexión sobre el capítulo de la comida, del libro titulado:

La jornada monástica según nuestros padres

 El monje es un hombre, con un cuerpo, y es necesario que coma, ¡no puede vivir sin alimentos!. San Benito en la Santa Regla habla también de la comida; en el capítulo 39 hacer referencia a la cantidad de alimentos que debe tomar el monje, y en el 40 trata de la bebida; toda regla monástica, todo reglamento o código de costumbres, hace mención de la comida.

 Las consuetudines, estas costumbres del primer Cister, hablan de la medida de los alimentos, de pitanzas, esos suplementos que llamamos alivios en el lenguaje cisterciense, que se añaden a los dos platos ordinarios previstos por la regla.

 Discreción y austeridad

 ¿Es preciso modificar el apetito, el gusto? La Biblia recomienda el ayuno, el señor Jesús ayunó en el desierto; los monjes se han ejercitado siempre en el ayuno y san Benito en el capítulo cuarto, que habla de las buenas obras, recomienda el ayuno. Hay que tener cierta medida, observarla con discreción; la mortificación no es un fin en sí mismo, aunque también bajo pretexto de discreción se puede dar demasiado a la naturaleza.

 La unión con Dios durante la comida

 En la carta a los hermanos de Monte de Dios (que es un tesoro y ha formado generaciones de monjes y otras almas espirituales: Dominicos, franciscanos, benedictinos, cistercienses, y claro está, a los mismos cartujos a quienes fue dirigida), Guillermo de san Teodoro (discípulo de san Bernardo y uno de nuestros padres escritores más apreciados) relata de su propia experiencia, una enseñanza viva, dinámica, espiritual: un monje debe aspirar a la oración continua. Lo mismo si coméis o bebéis, o hacéis es otra cosa, hacedlo todo en el nombre del señor, santamente, religiosamente. Y mientras tu cuerpo toma su refección que tu alma no descuide de hecho la suya; que, asimile un pensamiento sacado del recuerdo de la gran bondad del Señor, o bien una palabra de la Escritura, algo que la alimente cuando la medite o simplemente la recuerde.

 Es la misma actitud del alma, que se debe tener para el oficio: el recuerdo de la inmensa bondad del Señor; lo mismo que antes de dormirse: un buen pensamiento para rumiarlo, así como al dormirse favorece el sueño; en las comidas la unión con Dios, facilitará la digestión y en general toda la salud.

Observar cómo estos monjes no descuidan la sabiduría del cuerpo: en cuanto a esta necesidad del cuerpo, hay que satisfacerla no de una forma mundana o carnal, sino como le es propio al monje, como conviene a un servidor de Dios.

 Hay que comer para vivir y no vivir para comer, decía el maestro Jacques a Harpagon, con gran admiración de éste. Leyendo estas líneas, Elredo (otro padre cisterciense escritor) desearía que sus monjes pudieran pensar en estos refranes de sabiduría humana. Hay otros de San Bernardo que son sabiduría divina y son para meditar en todo tiempo, no pasan de moda. El monje debe nutrir su cuerpo; debe hacerlo sencillamente, dando gracias a Dios; no debe comer glotonamente, no se obsesiona por la comida; nutre su alma con un alimento espiritual; así, cuerpo y alma encuentran su refección bajo la mirada de Dios. Ya dice un viejo proverbio: ama el ayuno y la Eucaristía te saciará.

 San Basilio en su regla menor nos dice: “la oportunidad del ayuno no depende de la voluntad de cada uno, sino de la importancia que tiene en el servicio de Dios”. He aquí el fin del ayuno: Dios.

 "Si los demonios te invitan a un ayuno prolongado, no les obedezcas…". El demonio puede esconderse en la propia voluntad, por eso nuestro padre san Benito indica que todo se haga bajo el beneplácito y obediencia del Abad.

 No hay que obsesionarse conn el ayuno, éste no es suficiente: “que nadie se confíe sólo en la templanza, os lo ruego, pues no es posible edificar con una sola piedra, ni construir la casa con un solo ladrillo”.

Pues ni la ascesis, ni las vigilias, ni el trabajo duro, ¡ ni tantos actos de piedad! nos pueden salvar, sólo la madre de la caridad: la humildad.

 Hay otras mortificaciones relacionadas con la comida que hay que cuidarlas: tomar de todo lo que se sirve en la mesa, sin escoger los manjares, salvo si se estuviera enfermo, o no pudiere tomarlos. No murmurar nunca, ni en el refectorio, ni después de los efectos de la comida, antes al contrario, como nos aconseja la Santa Regla, alabar a Dios que permite que experimentemos los efectos de la pobreza.

No hacer ruidos al masticar, ni al beber, ¡ cuántos hay que parecen pequeños aspiradores al sorber la sopa! Guardar silencio, no sólo de palabra, sino con los utensilios.

 Ahora pongo aquí lo que dice el capítulo 39 de la tasa de la comida:la monja entre pucheros“Parécenos que bastan para la refección cotidiana de los monjes en todas las mesas, dos manjares cocidos, atendiendo a la flaqueza de muchos, para que coma de uno en que acaso de que no pueda comer del otro. Si el trabajo hubiese sido más grande que el ordinario, esté al arbitrio y disposición del Abad añadir algo más, evitando ante todo, cualquier exceso.”

 En el capítulo 40 habla de la bebida:
“Cada uno ha recibido de Dios un don particular, uno de un modo, otro de otro. No obstante, atendiendo a la debilidad de los flacos, creemos que basta una ‘hemina’ de vino al día; pero los que han recibido de Dios el don de pasarse sin él, estén ciertos de que recibirán por ello un particular galardón.”

 En el capítulo cuarto habla de las buenas obras:
“El primer instrumento es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas”; en el 11 “castiga del cuerpo”, en el 13 “amar el ayuno.”

 El lugar en donde hemos de practicar con desvelo todas estas cosas, son los claustros del monasterio, perseverando constantes en él.

Así sea. ¡Gloria al señor!

Y esperemos la Pascua con un inmenso gozo del Espíritu Santo.



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