Monasterio Cisterciense Santa María la Real de Villamayor de los Montes -Burgos, España-

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SAN BERNARDO- SERMÓN 74

SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES

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San Bernardo va a comentar a sus hermanos la demanda que el hagiógrafo (el escritor sagrado) pone en boca de la ‘amada’. Y ¿quién es la amada?: Toda alma que se ufane de conocer al ‘amado’, haciendo suyo este grito:

«Vuélvete»

 Al comenzar el Segundo Poema del Cantar de los cantares, vemos al amado irrumpiendo, como joven cervatillo, de los sentidos del cuerpo a los del alma:

 Deleitable a sus oídos: « ¡La voz de mi amado!».Espectáculo para sus ojos: «Helo aquí que ya viene, saltando por los montes, brincando por los collados».Derramó en su corazón palabras de gran ternura: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente…»

Deja a la amada, mientras ésta anda distraída saboreando cada una de sus palabras. Ella cae en la cuenta de que ya no hay escapatoria: «mi amado es para mí, y yo soy para mi amado».

 Es entonces cuando Bernardo comenta al detalle lo que sigue:

«Antes que sople la brisa del día
y se huyan las sombras,
vuelve, sé semejante,
amado mío, a una gacela
o a un joven cervatillo
por los montes de Béter
».

 ¡Qué preguntas tan acertadas! le sirven a Bernardo para introducirnos es esta petición: «Vuélvete».

 ¿De dónde puede venir y a dónde será capaz de marcharse si él lo llena todo? ¿Qué traslación local podrá realizar, si es espíritu?

 Bernardo se reconoce ante el Misterio, pero acepta el reto de acercarnos estas misteriosas palabras contenidas en la Sagrada Escritura.
Dios se nos revela en un lenguaje figurado. Por medio de imágenes y criaturas sensibles toca los sentidos del alma; ¡podemos experimentarle!
Pero es Dios quien decide sus llegadas y partidas del alma. ¿Qué otra cosa puede hacer el alma que alimentar, en su “soledad”, el vivo deseo de su pronto regreso?
Y, todo esto ¿para qué?

 «Quizás se haya escondido para que vuelva a llamarlo con mayor ansiedad y ser más tenaz en retenerlo».

 Comprobando las citas que Bernardo trae a colación (Jesús caminando sobre las aguas, Emaús,..) decidme si no es cierta esta constante provocación de Jesús, llamando al hombre a la confianza, para entablar un diálogo.
La misma estrategia empleada por el Verbo en su carne mortal, es repetida por el Verbo espíritu, en nuestros tiempos post-pascuales, que son los de su condición espiritual. Llama a nuestra alma.
Para muestra un botón: Bernardo lo completa desde su propia experiencia.
Nos explica el actuar del Espíritu de Dios en su vida, diciendo que no es exacto decir que el Espíritu viene y se va. Bernardo confiesa haber gozado de la presencia de Dios, pero reconoce que el testimonio que ofrecen los sentidos se queda corto, muy corto.

Esto le lleva a afirmar con gran simplicidad:

«sólo conocí su presencia por el movimiento de mi corazón». Añadiendo, a continuación, la secuencia de profundos cambios que Dios obró en su interior.

 Bernardo nos comparte su experiencia de la partida de Dios, ausencia que le lleva a gritar como la esposa del Cantar de los cantares: «Vuélvete».
Deseo que ‘plásticamente’ describe al modo como lo harían un cabrito o un joven cervatillo. Pero nos va a dar las pautas para comprender el verdadero sentido, que es su sentido espiritual.
Desea que vuelva cargado de gracia y de verdad; equipaje del que es portador el Hijo de Dios, venido en carne mortal, según relato de san Juan evangelista, al final del Prólogo de su “Buena Noticia” (Evangelio)

 Partiendo de «la gracia y la verdad» nos enseña cuán necesaria es la discreción, el actuar moderado, diciendo que «no basta lo uno sin lo otro. Me he quedado corto: ni conviene».

 San Bernardo recoge una máxima de nuestra vida monástica, apelándonos a mantener el equilibrio en el seguimiento radical a Jesucristo.

Máxima presente en el vasto patrimonio de la Tradición monástica, desde sus orígenes, en los desiertos de Egipto y Medio Oriente (cuna del monacato).
Nos urge a mantener una relación sana y equilibrada entre Sabiduría y Amor, en sus términos sinónimos: «la gracia y la verdad».

 Concluyo con el eco que Bernardo deja en mi interior, al  citar al profeta Ezequiel:

 «Tu esplendor te trastornó el sentido» (Ez 28,17). No deseo la hermosura que me prive de la sabiduría… Verán con toda claridad que la gracia no sirve para nada, sino que es un impedimento cuando en su intención no reina la verdad.

Os dejamos con Bernardo, que él es mismo os lo cuente:

 

 

SERMÓN 74 - IR Y VENIR DEL VERBO

 -      Cómo se comporta el alma ante la llegada del esposo y como percibe su llegada -      Qué gracia y qué verdad se simbolizan en la cabra y el cervatillo, y cómo se pierde la gracia por la propiedad.

 «Vuélvete», dice; no hay duda que está ausente aquel a quien llama, aunque hace un momento que departió con ella. Parece que se alejaba y vuelve a llamarlo. Esta llamada inquieta es propia del gran amor de uno y signo de la gran amabilidad del otro. ¿Quiénes son los que así fomentan el amor, tan incansables y empeñados en el negocio del amor? Porque a él lo persigue y a ella le apremia este amor tan desazonado. Fiel a mi promesa me incumbe aplicar este texto al Verbo y al alma; aunque confieso que necesito la ayuda del mismo Verbo para hacerlo con dignidad y brevemente. A decir verdad, este sermón debería pronunciarlo alguien mucho más experto y enterado del misterio de este santo amor. Pero no puedo ser infiel a mi deber ni defraudar vuestros deseos. Me meto en un compromiso, pero no lo eludo; me obligáis. Me exigís adentrarme en una materia sublime que supera mi capacidad.

¡Ay! Cuánto temo que me digan después: ¿por qué hablas de mis delicias y se atreve tu boca con mi misterio? Escuchad por compasión a un hombre que tiembla porque tiene que hablar, y no puede callar. Quizá estos temores míos justifiquen mi atrevimiento; mucho más si al fin puedo edificaros en algo. Quizá tenga él también en cuenta este mi llanto. «Vuélvete», dice la esposa. Bien; él se marchaba ya y le vuelve a llamar. ¿Quién podrá descubrirme el misterio de esta aparente veleidad? ¿Quién me explicará con competencia este ir y venir del Verbo? ¿Será un caprichoso el Esposo? ¿De dónde puede venir y a dónde será capaz de marcharse si él lo llena todo? ¿Qué traslación local podrá realizar, si es espíritu? En definitiva, ¿qué clase de movimiento, cualquiera que sea, le atribuyes a Dios? Él es inamovible.

Quien sea capaz de comprender, que lo comprenda. Moviéndonos cauta y sencillamente, al exponer estas palabras sagradas y místicas sigamos el procedimiento de las Sagradas Escrituras, que expresa con términos nuestros la sabiduría oculta en los misterios. A través de figuras nos da a conocer a Dios para que le amemos; con imágenes conocidas y tomadas de las criaturas sensibles, como si fuese una bebida de composición vulgar, nos brinda al espíritu humano lo más maravilloso, lo desconocido e invisible de Dios. Imitemos, pues, nosotros también este proceso de la palabra pura y digamos que el Verbo de Dios, Dios y Esposo del alma, cuando le place viene al alma y de nuevo la abandona; y que esto lo experimentamos con los sentidos del alma, no por la simple vibración de las palabras.

Por ejemplo, cuando el alma siente la gracia, conoce su presencia; cuando no la siente, se queja de su ausencia y de nuevo requiere su presencia, diciendo con el Profeta: Te han buscado mis ojos, Señor, tu rostro buscaré. ¿Cómo no ha de buscarlo? Cuando su dulce esposo se retira, es incapaz, no ya de desear otra cosa, sino incluso de pensarla. Su única salida es buscar con todo afán al ausente, y amarlo otra vez cuando se va. Así pues, hace venir al Verbo y lo llama con el deseo del alma, la de esa alma, a la cual ya ha regalado antes con su dulzura. ¿No es su anhelo una verdadera llamada? Y muy fuerte. Lo dice el texto sagrado: El Señor escucha los deseos del pobre. Al alejarse el Verbo se escucha una queja continua del alma, un deseo continuo, un continuo vuélvete, hasta que vuelva.

Dame ahora un alma familiarizada con la visita del Verbo esposo: ese trato la hará atrevida. Su deleite, hambrienta; su desprecio de todo lo demás, contemplativa. Yo sin duda alguna le asignaré el título y el nombre de esposa, y no consideraría ajeno a ella el texto que tenemos entre manos. Ella es la esposa de la que se nos habla aquí. Su llamada prueba sin duda que merece su presencia, aunque no sea frecuente. De lo contrario, no volvería a requerirlo: simplemente lo llamaría. Así se deduce del verbo que usa: «Vuélvete». Quizá se haya escondido para que vuelva a llamarlo con mayor ansiedad y ser más tenaz en retenerlo.

Él a veces finge que se va muy lejos, no porque sea ése su deseo, sino porque le gusta escuchar: «Quédate con nosotros, que está atardeciendo». En otra ocasión, cuando caminaba sobre las aguas y los Apóstoles remaban muy cansados, fingió seguir adelante, cosa que no lo pretendía sino para probar su fe y provocar su oración. Al final, como dice el Evangelista, se asustaron y gritaron tomándolo por un fantasma. Este mismo disimulo piadoso, incluso este “plan de salvación” al que a veces recurrió el Verbo en su carne mortal, no cesa de repetirlo habitualmente el Verbo espíritu, en su condición espiritual, con el alma que se le ha entregado. Pasa de largo y pretende que se le detenga; se marcha, para que se le llame. Porque el Verbo no es irrevocable: va y vuelve a su gusto, como visitándola al amanecer para probarla de repente. Su marcha es en cierto sentido un tanteo, pero su regreso siempre es Voluntario: ambas cosas están perfectamente justificadas. Sólo él se reserva el motivo.

La experiencia dice, en efecto, que estas alternativas del Verbo que va y viene, se realizan en el alma; escuchad: «Voy y vuelvo a vosotros». Y también: «Dentro de poco ya no me veréis, pero un poco más tarde me volveréis a ver». ¡Oh, este poco y este otro poco! ¡Qué poco tan largo! Señor bueno, ¿crees que es sólo un poco el tiempo que no te vemos? Respetemos la palabra de mi Señor, pero se hace largo, demasiado largo. Sin embargo, ambas cosas son verdaderas: es muy poco tiempo para merecer y muy largo cuando se desea. Las dos aparecen en el Profeta: «Aunque tarde, espéralo, que ha de llegar sin retraso». ¿Cómo no va a llegar con retraso, si tarda, si lo que es más que suficiente para nuestros méritos no sacia, sin embargo, nuestro deseo? Al alma que ama la queman los deseos, la atraen sus añoranzas; no atiende a los méritos, cierra los ojos a la majestad, los abre al goce, los clava en el Salvador, trata con él familiarmente. Sin miedo y sin rubor llama al Verbo y aspira de nuevo a sus delicias llena de confianza, invocando con su habitual libertad, no al Señor, sino a su amado: «Vuélvete, amado mío»; y añade: «Aseméjate al cabrito y al cervatillo sobre los montes de Betel». Pero de esto trataremos después.
Ahora soportad un poco mi insensatez. Deseo contaros, porque a ello me comprometí, cómo me va a mí en este aspecto. No es prudente hacerlo; pero me descubriré sólo para vuestro bien, y si os sirve de algo será un consuelo para mi necedad; de lo contrario, reconoceré mi torpeza. Os confieso que el Verbo ha llegado también hasta mí —lo digo como sin juicio— y muchas veces. Y a pesar de esa frecuencia, alguna vez no lo sentí cuando entró. Sentí su presencia, recuerdo su ausencia; a veces incluso pude presentir su entrada, pero nunca sentirla, y tampoco su salida. De dónde venía a mi alma o a dónde se fue cuando la dejó de nuevo, confieso que lo ignoro incluso ahora mismo, según aquello: «No sabes de dónde viene y a dónde va». Y no es extraño, porque lo dice de él mismo: «Y no queda rastro de sus huellas».

Es claro que no lo percibe la vista, pues carece de color; ni los oídos, porque no es un sonido; ni el olfato, porque no sé transmite al aire sino al espíritu; ni infecta la atmósfera, porque la creó; ni el paladar, porque no se mastica ni se traga; ni la descubrí al tacto, porque no se puede palpar. ¿Pues por dónde entró? ¿No será más exacto decir que ni siquiera entró?
¿Qué no vino de fuera? Porque no es algo que esté fuera de nosotros. Pero tampoco me vino de dentro, porque él es bueno y yo sé que en mí no hay bondad alguna. Subí también por encima de mí mismo y allí estaba el Verbo en la cumbre. Bajé a mis propias profundidades como en curioso sondeo y allí lo encontré. Miré fuera de mí y descubrí que está más allá de cuanto me rodea; miré dentro y él estaba aún más adentro. Entonces comprendí la verdad de lo que había leído: «En él vivimos, nos movemos y existimos». Feliz aquel en quien está él, dichoso el que vive para él y se mueve por él.

¿Me preguntas entonces cómo conozco su presencia si sus caminos son totalmente irrastreables? Es vivo y enérgico, y en cuanto llegó adentro despertó mi alma dormida; movió, ablandó e hirió mi corazón que era duro, de piedra y malsano. También comenzó a arrancar y destruir, edificar y plantar; a regar lo árido, iluminar lo oscuro, abrir lo cerrado, incendiar lo frío. Además se dispuso a enderezar lo torcido, e igualar lo escabroso para que mi espíritu bendijese al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Así entró en mí el Verbo esposo varias veces y nunca me dio a conocer las huellas de su entrada: ni en su voz, ni en su figura, ni en sus pasos.

No se me dejó ver ni en sus movimientos, ni penetró por ninguno de mis sentidos más profundos: como os he dicho, sólo conocí su presencia por el movimiento de mi corazón. Advertí el poder de su fuerza por la huida de los vicios y por el control de los afectos carnales. Admiré la profundidad de su sabiduría por el descubrimiento o acusación de mis pecados más íntimos. Experimenté la bondad de su mansedumbre por la enmienda de mis costumbres. Percibí de algún modo su maravillosa hermosura por la reforma y renovación del espíritu de mi mente, es decir, de mi ser interior; y quedé espantado de su inmensa grandeza al contemplar todas estas cosas.

Pero cuando se aleja el Verbo todo se vuelve inmóvil e insulso por cierta languidez, como si sacaras del fuego una olla hirviente; esta señal de su partida entristece inevitablemente mi alma, hasta que vuelve de nuevo y mi corazón se enardece otra vez dentro de mí, mostrándome en esto la prueba de su regreso. Con esta experiencia del Verbo ¿será extraño que haga mías las palabras de la esposa cuando lo llama en su ausencia; si me devora un ansia, no igual pero semejante en parte al menos a la suya? Mientras viva, será para mí algo familiar esa palabra con que llama al Verbo para que vuelva: «vuélvete». Y cuantas veces se aleje, otras tantas la repetiré; como pegado a la espalda del que se va, no me cansaré de gritar con el ardiente deseo del corazón para que regrese y me devuelva la alegría de su salvación y se me dé a sí mismo.

Os lo confieso, hijos: nada me satisface si no está presente el único que me agrada. Y lo único que pido es que no venga vacío, sino «lleno de gracia y de verdad», como él sabe hacerlo, como lo hace siempre. Aquí me parece que se puede encontrar cierta semejanza con el cabrito y el cervatillo: la verdad tiene los ojos del primero, y la gracia la alegría del segundo.

Ambas cosas me son necesarias: la verdad, de la que no puedo esconderme; y la gracia, de la que no quisiera ocultarme. Si faltase alguna de las dos, la visita no sería plena; la severidad de una sería insoportable sin la otra, y la alegría sin la verdad podría parecer un relajamiento. La verdad sin el condimento de la gracia es amarga, y la misma devoción sin el freno de la verdad sería ligera, inmoderada y hasta insolente. ¿No fue perjudicial para muchos recibir la gracia, porque al mismo tiempo no contaron con la moderación de la verdad? Por eso, les halagó la gracia más de lo debido, sin respetar la mirada de la verdad. No tuvieron en cuenta la madurez del cabrito y se entregaron de lleno a la ingenua alegría del cervatillo. Esa es la razón por la que se vieron privados de la gracia: pretendieron regocijarse excesivamente, y más tarde tuvieron que escuchar: «Ahora, pues, entendedlo y servid al Señor con temor, rendidle homenaje temblando».

Cierta alma santa dijo en sus días de fervor: «No vacilaré jamás», y de repente sintió que el Verbo «le retiraba su rostro»; eso la conmovió «y quedó desconcertada». Así aprendió en su tristeza que debía haber poseído el peso de la verdad junto con la gracia de la devoción. Según esto la plenitud de la gracia no depende sólo de la gracia ni de la verdad. ¿De qué te sirve saber lo que debes hacer, si no se te concede querer hacerlo? ¿O si quieres, pero no puedes? ¡A cuántos he conocido muy tristes por percibir la verdad y mucho más porque no podían acogerse a la ignorancia como excusa, por no cumplir lo que conocían como una exigencia de la Verdad!

Si las cosas son así, no basta lo uno sin lo otro. Me he quedado corto: ni conviene. ¿Por qué lo sabemos? Escucha: «El que sabe cómo comportarse bien y no lo hace, está en pecado». Y también: «El empleado que conociendo el deseo de su señor no hace bien las cosas, recibirá muchos palos». Esto en cuanto a la verdad. ¿Y con respecto a la gracia? Está escrito: «Detrás del pan entró en él Satanás». Lo decía de Judas Iscariote que recibió el don de la gracia, pero como no caminaba en la verdad con el Maestro de la verdad, o mejor con la Verdad-maestra, se entregó al diablo.

Escucha también: «Los alimentó con flor de harina, los sació con miel silvestre». ¿A quiénes? A los enemigos del Señor que lo adularon. Aquellos a quienes alimentó con pan y manteca le mintieron, se declararon enemigos, porque separaron la verdad y la gracia. Dice de ellos en otro lugar: «Hijos ajenos me mintieron, hijos ajenos se endurecieron y cojearon en sus caminos». ¿Cómo no iban a cojear, si anduvieron sólo con el único pie de la gracia y sin el de la verdad? Su suerte quedó fijada para siempre, como la de su jefe primordial, que no se mantuvo en la verdad, mintió desde el principio y por eso escuchó: «Tu esplendor te trastornó el sentido». No deseo la hermosura que me prive de la sabiduría.

¿Me preguntas cuál es esa hermosura tan nociva y perniciosa? La tuya. ¿Acaso todavía no te has enterado? Escúchalo más claramente: la tuya, la propia. No echamos la culpa al don, sino a su uso. Si te fijas atentamente, no le echa en cara que perdió la sabiduría por el esplendor, sino por «su esplendor». Y si no me engaño, el esplendor del ángel y el del alma son iguales. Sin la sabiduría, ¿qué son cualquiera de los dos sino ruda y deforme materia? La sabiduría no sólo lo formó, sino que lo hizo hermoso. Pero la perdió cuando la hizo suya.

Y al decir que la perdió por su esplendor, quiere decir que por su sabiduría perdió la sabiduría. Lo que está en cuestión es la propiedad.

Fue sabio para sí mismo, no dio gloria a Dios, no devolvió gracia por gracia, no caminó con ella en la verdad, sino que la retorció según su voluntad: por todo esto la perdió. Y todo esto es lo que perdió. Poseerla de esa manera es perderla. Si Abrahán fue justificado por sus obras, tiene que estar orgulloso, pero no ante Dios. Y yo añado: «No puedo confiarme en la seguridad». «Perdí todo lo que no poseo en Dios». ¿Está alguien más perdido que cuando se destierra de Dios? ¿Qué es la muerte sino la privación de la vida? La perdición no es otra cosa que la ruptura con Dios. ¡Ay de los que os tenéis por sabios y os creéis perspicaces! Se dice de vosotros: «Anularé el saber de los sabios, descartaré la cordura de los cuerdos». Perdieron la sabiduría, porque su sabiduría los perdió. ¿Qué no iban a perder si ellos mismos estaban perdidos? ¿Acaso no caminan perdidos aquellos a quienes ignora Dios?

Yo pienso que las vírgenes necias lo fueron precisamente por llamarse sensatas; y se trocaron insensatas. Estas son las que han de escuchar: «No os conozco». Y los que usurparon para su propia gloria el honor de hacer milagros, escucharán también: «Nunca os he conocido». Verán con toda claridad que la gracia no sirve para nada, sino que es un impedimento cuando en su intención no reina la verdad. Pero en el Esposo encontramos las dos. Lo dice Juan Bautista: «La gracia y la verdad se hicieron realidad en Cristo Jesús». De modo que si el Señor Jesús llama a mi puerta —pues es el Verbo de Dios y el Esposo del alma— y solamente llama con una de las dos, no entrará como esposo, sino como juez.

 ¡Ojalá nunca suceda! No llame a juicio a su siervo. Que entre pacífico, que entre gozoso y. alegre; que entre también alguna vez sereno y severo, para que con el rostro severo de la verdad reprima mi insolencia y purifique mi alegría. Que entre saltando como el cervatillo, comedido como el cabrito, que pase por encima de la culpa y mire la pena con misericordia. Que entre como si bajara de los montes de Betel, festivo y radiante, saliendo del Padre, dulce y misericordioso, y no se desdeñe llamarse y hacerse Esposo del alma que lo busca; él es Dios bendito sobre todo y por siempre. Amén.



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