Monasterio Cisterciense Santa María la Real de Villamayor de los Montes -Burgos, España-

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TESTIMONIO DE UN MONJE

FOTOFoto archivo- 2007

Foto archivo- 2007

Entre todas las cosas que compartimos con nuestros hermanos cistercienses, hemos entresacado el texto publicado por un hermano nuestro, avalado por largos años de experiencia monástica. Se trata del que fuera durante varios años Abad General de la Orden cisterciense de la estrecha observancia: Dom Bernardo Olivera. Algunos de vosotros ya le conocéis.
Este artículo es su respuesta a la petición que le hicieron de dar 'razón de su fe'.
Aunque no sea precisamente breve, el tiempo que dediquéis a su lectura no os pesará. Os dejamos en compañía de este sencillo y curtido Abad.

 

FOTOEn nuestro claustro, durante una visita de Dom Bernardo

En nuestro claustro, durante una visita de Dom Bernardo

DAR RAZÓN DE NUESTRA ORACIÓN A QUIEN NOS LA PIDIERE(Cf. I Ped.3:15)

 -Introducción

 He cometido una gran imprudencia: ¡he aceptado dar razón de mi oración a quien me lo pidiere! Bien digo imprudencia, pues no pregunté para aclarar lo pedido, ni medí mis fuerzas, ni tuve en consideración las consecuencias.  Sólo me basé en esto: lo haríamos juntos, con el Señor a mi lado. Me doy cuenta que “dar razón” es explicarme, y no como un maestro sino como un testigo. En cierta medida he aceptado revelarme, pero con la esperanza de revelarlo a Él. Me resultó y resulta interesante el cambio de “oración” en vez de “esperanza”, tal como dice el texto bíblico. En efecto, en el contexto de una doble invitación: a vivir bien y la paciencia, Pedro aconseja: dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; y agrega: pero hacedlo con dulzura y respeto... (I Ped.3:15-16).  No me pasan desapercibidas algunas traducciones que dicen: esté siempre dispuestos a defenderse si alguien les pide explicaciones de su esperanza, pero háganlo con modestia y respeto... 

 Pues bien, quiero dar razón de mi oración, sin defenderme y con dulzura, modestia y respeto.  Y si hablo algunas veces en plural, o en forma impersonal, en lugar de usar la primera persona del singular, es por simple motivo de pudor espiritual. Estoy detrás de lo que digo.

 Soy monje desde hace cincuenta años, me siento bien inculturado en lo monástico, lo que no impide una rica apertura a la interculturalidad religiosa y congregacional.  Soy, básicamente, un buscador del rostro del Señor, siguiendo sus huellas, y algo y a Alguien he encontrado.

 Esta búsqueda, y también los encuentros, se sitúa en un ámbito muy concreto y tangible: una vida consagrada a Dios-Trinidad, vivida bajo un Abad y una Regla, la de San Benito; una vida comunitaria en comunión fraterna estable y simple; una vida ascética, es decir: humildad, obediencia, discreción en el uso de la palabra, vigilias, ayunos, trabajo, pobreza y castidad; una vida de autoconocimiento, aceptación de mí mismo, conversión y sentido del humor.

 2. Presupuestos

 En cuanto personas humanas somos “uno en relación”, somos, por lo mismo, seres dialogales. Nuestra capacidad inherente de comunicación reclama comunión existencial. Nuestra exigencia de comunión sólo se sacia en la unión con el ser Absoluto: Dios.

 Nadie ignora que nuestro vivir es relacionarse, y relacionarse bien es amar. En este entramado de relaciones, en el cual existimos y nos relacionamos, oramos.

 La oración es una actividad teologal antes de ser psicológica. Es una comunicación que comienza en la Trinidad, Ella toma la iniciativa. La oración es una gracia, un don: Cristo-Dios hablándonos nos capacita como interlocutores, dándose nos posibilita darnos.

 La fe es un abandonarse en la verdad de la Palabra de Dios, sabiendo y aceptando humildemente que sus designios son insondables y sus caminos inescrutables. Podemos decir que ella es como un auricular para escuchar al Señor y, de modo complementario, un micrófono para responderle. No hace falta decir que cuando la fe es débil, es poco lo que se escucha, y nuestra voz es apenas amplificada. Aunque Él tiene buen oído y siempre escucha. La experiencia creyente de un orante oscila entre la luz y las tinieblas, la certeza y el abismo. La purificación de la fe consiste en un despojo de representaciones y en un mero aferrarse. Nada más glorioso y nada más crucificante que creer. En definitiva: ¡hay de nosotros si no creyéramos!

 Cuando oramos en estado de gracia, como amigos de Cristo-Dios, nos relacionamos con Él mediante la fe viva; es decir: una fe vivificada por el amor o, en otras palabras, una fe enamorada.

 La gracia o favor del Señor se traduce en amor al cercano abierto al lejano. Concretamente, y al menos: servicio en sus necesidades, misericordia en sus miserias, gozo en sus felicidades, apoyo en sus pruebas, orientación en sus despistes. En otros términos, benevolencia y beneficencia: queriendo afectivamente el bien de los demás y haciéndoles efectivamente el bien. Sin esto, todo lo demás es palabrería.

 Cuando oramos en estado de pecado o desgracia, como quien ha negado a Cristo-Dios, oramos con fe pero sin amor; es decir: una fe muerta pues no está vivificada por el amor.

Sea como sea, el Espíritu viene en nuestra ayuda, resulta que no sabemos orar como conviene. Y lo hace con gemidos inenarrables, por eso tantas veces nos despista, supera nuestra razón, nos deja incapaces de dar razón de nuestra oración.

 3. Formas

 Nuestra comunión con Cristo-Dios se fundamenta en nuestra comunicación con Él. La celebración Eucarística, prolongada en la Liturgia de las Horas, en la lectio divina y la oración silenciosa son las formas habituales en las que se encarna nuestro diálogo orante con el Señor. Es así como vivimos habitualmente el amor contemplativo hacia Él, fuente del amor a nuestros prójimos, sabiendo que éste último verifica la autenticidad del primero.

 Lo “célebre” de la celebración litúrgica es el Cristo pascual entre y en nosotros. Acción y signo, fiesta de salvación y comunión. Buena noticia que rompe los moldes cuando inspira la gracia genuina y original del Espíritu. Lugar de oración y contemplación que alcanza su cumbre en el éxtasis de la Eucaristía, cuando somos llevados todos juntos hacia el Padre común.Jesús enseñó a orar a sus discípulos, y su enseñanza sobre la oración fue totalmente coherente con su vida, palabra y misión. No enseñó oraciones, sino que enseñó a vivir orando y a orar la vida. Cuando Jesús nos enseñó a orar, ¡nos entregó su vida orante! Básicamente, Jesús nos dejó la Oración Eucarística como memorial de su vida pascual, y nos enseñó a orar diciendo “Padre nuestro” a fin de apresurar la venida del Reino. Toda la vida de Jesús fue un constante desvelo y pasión por la implantación de este Reinado del Padre. Oramos según vivimos y vivimos según oramos.

 La literatura sobre la Eucaristía, el Opus Dei y la lectio divina abunda en nuestros días. Lo más evidente –y por lo mismo resulta fatal perderlo de vista– es esto: el Misterio Eucarístico es la fuente y manantial del que surge nuestra vida cristiana y comunitaria. La Eucaristía forma y reforma al creyente y a la Iglesia, su ausencia culpable, los deforma.

  Me permito una palabra sobre el sacramento de la Eucaristía y otra, muy breve, sobre lo que he llamado “oración silenciosa”.

 Sabemos que con el correr de los años y de los siglos se enfatizaron diferentes dimensiones del Misterio Eucarístico. La teología tradicional subrayó lo esencial, la Eucaristía como: celebración sagrada, sacrificio sacramental, banquete sacrificial y la presencia real de Jesucristo. Nuestro propio siglo volvió a descubrir otros aspectos conocidos pero olvidados: el “memorial” de la pascua, la edificación de la Iglesia y de la comunión eclesial, el sacerdocio eucarístico de todo bautizado, como así también la “epíclesis” o invocación del Espíritu. Más recientemente han aflorado otras dimensiones: la participación en el Resucitado, la presencia orante de María Asunta, la dimensión esponsal, la divinización del cosmos, la parusía anticipada y el compromiso social. Y podemos ciertamente creer que otros aspectos ocultos hoy serán revelados aún.

 Ahora bien, si la oración es dialogar y comulgar con Cristo-Dios, se entiende que la Eucaristía favorezca la oración. Más aún, podemos decir que la Eucaristía fue instituida para hacer de la comunidad eclesial un cuerpo orante. La celebración eucarística llega a su cumbre en las palabras del Señor: “Tomad y comed, tomad y bebed”. Tomar es acoger, pero no sólo acoger, sino también ser acogido. La oración eucarística es comunión en la mutua entrega y la mutua acogida. De este modo se cumple la palabra de Jesús: “Vosotros en mí y Yo en vosotros”. El Cristo Eucarístico es el Cristo glorioso y en plena comunión con el Padre en el Espíritu Santo. Comerlo es comulgar en la comunión trinitaria. Cuando cualquiera de nosotros se acerca a la Eucaristía con fe enamorada, Jesús le dice al Padre: “que también ellos sean uno en Nosotros”.

 Afirmo sin vacilación, con la fe de la Iglesia, que la comunión eucarística es la puerta real para entrar en el Misterio y ser místicamente transformados. Ella es, además, el lugar privilegiado de la experiencia mística. Siendo Jesucristo un fuego devorador, es normal que ardan nuestros corazones en la obscuridad de la fe cuando el Pan partido ha sido compartido y comido.

 Alguna corriente de psicología nos ofrece una explicación humana a lo que puede suceder y sucede a quienes creen y aman, comen y beben al Señor Pan y Vino. Se entra fácilmente en un nuevo estado de percepción o consciencia de transición entre la realidad cotidiana (sensorial, motora racional, existencial) y la realidad transpersonal. En este ámbito de transición se experimenta una conjunción entre el sujeto (yo) y el objeto (Jesús-Pan), entre fuera y dentro; pero, al mismo tiempo, se puede percibir la frontera entre el propio cuerpo y el entorno. 

 En los pasos del proceso evolutivo de la consciencia, algunos psicólogos consideran la experiencia recién descrita como el nivel de la mística natural, séptimo grado en una escala evolutiva de nueve escalones. No hace falta decir que esta mística natural, se convierte en sobrenatural, gracias a la comunión sacramental con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Podemos imaginar lo que sucede cuando del séptimo grado se pasa al octavo. Y, obviamente, no podemos ni imaginar lo que acontecerá en el banquete de bodas del Reino de los Cielos.

 La oración silenciosa es una oración en privado y con más recogimiento. Hay muchas maneras de identificarla o de nombrarla, digamos que es un: presentarse y mostrarse para hablar familiarmente y adherirse amorosamente al Señor. Diría también que es una: tensa y distendida atención al Señor.

Esta oración ha de ser frecuente y breve, la brevedad ayuda a la intensidad, la frecuencia facilita la adhesión. El silencio de la noche o de la madrugada son los momentos más propicios. No se precisa demasiado tiempo para un requiebro de amor, un poco más, sí, para holgar en Él. Y es evidente que hay circunstancias y momentos que son más o menos propicios.

 Cuando esta oración tiene lugar luego de la celebración de la Eucaristía, se convierte en una acción de gracias por el inmenso Don recibido. Agradecimiento que se traduce en melodioso silencio, obscura visión, toque impalpable, sabor de saber sin saber, motivación al amor y obrar consecuente. Algunas veces, cuando Él quiere, la unión es esponsal: amor recíproco en comunión fecunda. Sed, heu, rara hora et parva mora!

 4. Métodos

 Toda la vida monástica, y lo mismo vale para cualquier otra forma de vida consagrada, es en sí misma un “método” de oración, es un camino a través del cual nos unimos con el Señor. Esto explica porqué San Benito, respecto a la oración silenciosa y personal del monje, sólo ofrezca este consejo: ¡entre en el oratorio y ore!

 Respecto a los métodos de oración, de cualquier tipo que sean, es importante tener en cuenta lo que la sabiduría religiosa africana enseña:

 -Los métodos preparan, pero no substituyen; orientan hacia la comunión, pero no la crean: no es la mano la que da, es el corazón el que dona.

-El Espíritu Santo es libre para soplar cuando, como y donde quiere. Por eso: si el ritmo del tamboril cambia, también ha de cambiar nuestro paso de danza.

-Los métodos son relativos, hay quien los precisa más, hay quien los precisa menos, no obstante: cargado a la espalda de su madre el niño no siente la fatiga del camino.

-No vacilemos en consultar personas con letras y experiencia: el anciano sentado ve más lejos que el joven de pie.

 Quizás, para resultar más equilibrados, podemos resumir todo lo referente a los métodos en estos dos principios claves para la unión con Cristo-Dios: ante todo, saber que todos los métodos y todos nuestros esfuerzos no pueden nada; luego, obrar como si no conociéramos el principio precedente.

 Me contaron una vez un cuento ilustrativo y que viene al caso. Abreviado, suena así. Un docto “maestro de oración”, (sí, tal como suena, valga la estupidez), egresado de un Instituto de Espiritualidad, fue a encontrarse con un par de monjecitos que vivían pobremente en una provincia del interior del país, cerca de un río, y de cuya ortodoxia se sospechaba. El letrado, que tenía muchas letras y libros, emprendió el viaje, río abajo, y llegó con un arsenal de gruesos volúmenes. Se encontró que no había problemas de heterodoxia, pero sí una gran ignorancia sobre el arte de la oración. Todo lo que sabían y hacían los dos indoctos era esto: repasaban los nudos de una larga cuerda diciendo: “Señor, piedad, que venga tu Espíritu, queremos amarte”, “Señor, piedad, que venga tu Espíritu, queremos amarte”... hasta que habían recorrido el centenar de nudos del cordel. Y así, muchas veces al día, y desde hacía ya años. Nuestro doctor sacó de su arsenal literario cantidad de recetas, métodos y artificios... Habló, habló y habló. Nuestros dos monjes provincianos confesaban su ignorancia y agradecidos atendían con lo mejor que tenían al ilustre visitante. Finalmente, vista la poca capacidad intelectual de los mismos, el Egresado del Instituto, dio por concluida la instrucción, y un tanto decepcionado, abordó la lancha y regresó a su ciudad. Pero, he aquí, que estando aún navegando, sentado en cubierta, y aprovechando el ocio para ultimar su obra magna, “El arte de la oración umbilical”, sintió la voz de los dos monjitos que lo llamaban. Levantó los ojos y he aquí que vió a: nuestros dos iletrado orantes, parados sobre el agua, con la mano extendida, entregándole un libro que inadvertidamente había olvidado.

 5. Desafíos

 No nos engañemos, quienes desean avanzar en el camino de la oración han de determinarse a hacerlo con una muy determinada determinación. El camino de la oración ha de atravesar varias puertas estrechas, que por angostas, angustian. Cuando las dificultades las encaramos de frente se convierten en desafíos y ocasiones de amor.

 El conflicto de fondo consiste sencillamente en esto: dos fuerzas opuestas que en nuestro interior luchan entre sí. El hombre viejo que pretende subyugar al hombre nuevo, el pecado que se opone a la gracia. El orgullo y el egoísmo que combaten contra la humildad y el amor. Los vicios que desintegran la afectividad. La concupiscencia que desvía el deseo de Dios. Y, por otro lado, la caridad o amor de ofrenda gratuita que ayudada por la fuerza del Espíritu, combate y vence.

 Recuerdo, a propósito de lo que acabo de decir, lo que le sucedió a Luis José, un joven que se había decidido muy determinadamente, a orar a Cristo-Dios. A las pocas semanas, estando orando en el claro oscuro de la capilla, muy recogido y con sus ojos cerrados, vio delante de sí, justo a la altura de su cara, una gran araña. Se asustó, pero perseveró. Y, a medida que iban pasando los días, la araña volvía a aparecérsele, cada vez un poco más grande. Finalmente, al borde del colapso de su decisión, decidió consultar a un anciano. El consejo de éste fue sencillo: ¡persevera!; pero, además, le dio un puñal diciéndole: “cuando vuelva a aparecer la araña le hundes el puñal entre los dos ojos”. La araña volvió a aparecer. Cuando el joven principiante blandió el puñal y lo levantó para dar el golpe mortal... he aquí que alguien que se había acercado quedamente, el anciano, le sujetó fuertemente la mano: ¡estaba por clavarse el puñal en el pecho! ¿Hace falta decir que la araña se llamaba Luís José y que era la mera proyección del orgullo-egoísmo de nuestro joven que interfería su diálogo con Dios?

 Hay otro desafío que no lo puedo omitir, tengo harta experiencia al respecto: sueño, distracciones, alternancia entre consolación y desolación, sequedad, desierto...  Viene al caso una palabra sobre la alternancia y la sequedad-desierto. Se trata, típicamente, de un desafío que podemos llamar “contemplativo”. Si la “vida contemplativa canónica” lo ignora, se vacía de contenido y se convierte en meros muros que urge clausurar.

 Nuestro caminar orante hacia el Señor se nos hace consciente en forma de consolaciones y desolaciones, presencias y ausencias, esperanza y temor. Estas experiencias son necesarias para la maduración personal y espiritual. La tradición monástica nos enseña, en síntesis, que: la consolación es muy buena y la desolación muy instructiva; con la primera evitamos la desesperación y se motiva la perseverancia; con la segunda, evitamos la arrogancia y domesticamos el orgullo. Desde otro punto de vista, la alternancia purifica el deseo de toda codicia y posesividad.

De hecho, sin esta alternancia de consolaciones y desolaciones no hay crecimiento posible en la escuela de la virtud y tampoco hay purificación del ojo interior y del deseo de Cristo-Dios. Aún más, sin este continuo alternar entre una y otra experiencia no se llega a ese amor gratuito que no busca su propio interés ni los dones del Espíritu, sino a Él mismo. En definitiva, todo es ganancia para quien busca verdaderamente al Señor.

 Además, la experiencia continua de alternancia entre consolaciones y desolaciones es en sí misma un criterio de la autenticidad de nuestra vida orante en el Espíritu. En efecto, el Señor es imprevisible y nosotros somos mudables y necesitados de purificación y de apoyo. La ausencia hace crecer el deseo y dilata el corazón. Y el Señor es más grande que nuestro corazón.

 Las “sequedades” que padecen todos los orantes suelen experimentarse como una dificultad en el libre uso de las facultades (memoria, inteligencia, afectividad) durante el tiempo explícito de oración. ¿Qué hacer al respecto? Ante todo, descartar las posibles causa físicas, psíquicas (fatiga, falta de sueño, preocupaciones, circunstancias inapropiadas...) y espirituales (tibieza en el amor, vanidades mundanas, auto complacencia, enemistad con Dios...). Luego, recordar: siempre es posible orar de alguna forma; mejor aún: siempre es posible orar como se es. ¡Muchos problemas en el camino de la oración desaparecerían si oráramos no porque amamos la oración sino porque amamos a Cristo-Dios!

 Hay otra variedad de sequedad que llamo “desierto”. Se trata de una profunda y prolongada impotencia en el uso de las facultades. Cuando esta experiencia viene acompañada de: ausencia de gusto sensible en las cosas de Dios y del mundo; recuerdo solícito y penoso de Él, con sentimiento de retroceso y deseos efectivos de progreso; y algún tipo de paz profunda y oculta en Dios; entonces podemos reconocer su causa: una mayor infusión de fe, esperanza y caridad, infusión que purifica a la fe y despoja al amor para hacernos más capaces de Cristo-Dios.

 ¿Qué hacer en esta dolorosa y gloriosa situación? Perseverar con humildad y sometimiento al Señor; abandonarse con paz y amor en sus manos; cooperar, cuando es posible, con sencillos actos de fe y amor.

test-ber1 En fin, ¡cuántas ocasiones para hacer de la necesidad, virtud; y para acortar distancias en medio de la noche! Cuántas oportunidades para decirle al Señor, con la cabeza inclinada y tomando la mano de la Virgen Madre: ¡hágase en mi según tu Palabra, engrandece mi alma al Señor!

 5. Frutos

 He escuchado decir, sobre la vida de oración: ¿vale la pena, tanto esfuerzo, por tan poco fruto?  La primera respuesta a este interrogante suena así: ¡ tanto más pena conlleva la simple vida y, tantas veces, sin fruto alguno!

 Veamos ahora los frutos, ya hemos visto las penas, transformadas en oportunidades. Uno de los primeros frutos de una vida orante es que se comprende el misterio de la oración a Cristo-Dios de una nueva forma. Por eso se pueden decir, sin vacilación alguna, cosas como estas:

 -Nuestra falta de tiempo para la oración suelen ser falta de amor: siempre hay tiempo para lo que se ama.

-No poder orar y querer orar es orar: amar es querer y no tanto sentir amor.

-Ora como puedas, y si no puedes, ríete de ti mismo y verás que puedes.

-En vano habla con Dios quien no escucha al hermano.

-Las apariencias engañan: la presencia sentida es sólo superficial presencia, mientras que la ausencia sufrida es honda presencia.

-En la vida de oración, perseverancia y éxito se identifican.

 Pero hay mucho más que lo recién dicho. Siendo la oración un peculiar tipo de relación dialogal, hace salir de nosotros mismos, a fin de centrarnos en el Otro. De este modo, nos hace pasar de lo propio a lo común, de lo finito a lo ilimitado. Siendo más concreto, la oración libera nuestra libertad de la tiranía del propio yo, y nos regala la libertad del Espíritu. Todo esto, en sí mismo, no es poca cosa, por el contrario, es mucha. Se trata, avanzando ya el proceso, de una original deificación, pneumatización y cristificación.

 En este contexto, se comprende el “orar sin cesar” de una nueva manera. El orante se vuelve consciente de ser imagen de Dios en Cristo: ya no es él quien vive, sino que Cristo vive en él. La unión y la mutua presencia son permanentes. De aquí mana un servicio continuo, en y con Cristo, para gloria del Padre y salvación de todos.

 Hay también frutos que no son permanentes, sino puntuales, tales como las consolaciones. Ellas nos sacan de nuestra soledad para estar a solas con Él. Pero no quiero hablar de esto sino de otra realidad fructuosa que de intermitente se va convirtiendo en estable. Pero lo voy a describir en clave “psi” más que teológica, aunque sin olvidar ésta última.

 Se trata del regalo de una “consciencia integradora”, la cual acepta las diferencias, ve las relaciones y se goza con las conveniencias, tanto a escala grupal cuanto universal. Si esto lo aplicamos a la comunidad concreta en la que uno convive, surge decir: estamos justamente quienes el Señor ha llamado y hemos respondido a dicho llamado, gran diversidad de personas, que se complementan y producen un “todo” armónico abierto a nuevas inclusiones... Todo tiene sentido y valor: los diferentes temperamentos, capacidades y carismas. A todo lo cual podemos hasta sumar las “taras personales”, las cuales también encuentran un equilibrio maravilloso en la comunión con la “normalidad” de los otros. ¿No será así como Cristo-Dios nos ve?

 En fin, ya he hablado por demás. Concluyo con el diálogo que tuvo lugar entre un curioso turista y un devoto anciano judío que pasó muchos años rezando ante el Muro de los Lamentos en la ciudad de Jerusalén. Pregunta del curioso: ¿cuánto años hace que viene a rezar aquí? Respuesta del devoto: cincuenta años. Nueva pregunta: ¿y qué ha sentido y visto, siente y ve luego de tantos años? Respuesta del lacónico anciano: es como si estuviera hablando a una pared. Y el curioso turista se retiró sonriendo y un tanto confuso, pero sin percibir que el parco, devoto y creyente anciano había elevado la voz cuando dijo: COMO SI... Y en eso estaba el secreto de su perseverancia, había buscado y había encontrado. Yo puedo decir algo semejante, pero no ante un muro, sino ante un pedazo de pan y una copa de vino puestos sobre un altar.
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 Bernardo Olivera

monje de Azul, Argentina

Noviembre del 2011



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