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MADRE TERESA DE CALCUTA

Publicado el viernes, 10 de agosto de 2012

Autor APORTACIÓN A PARTIR DEL LIBRO 'VEN, SÉ MI LUZ' (Ed. PLANETA-TESTIMONIOS)

FOTOMadre Teresa en plena atención entre sus hermanos pobres más estimados

Madre Teresa en plena atención entre sus hermanos pobres más estimados

Teresa de Calcuta, vocación en la oscuridad. “Ven, sé mi luz

             Lo que más llama la atención de la autobiografía de Teresa es la armonía entre  el Amor a Dios y a todas las personas que hay en su vida. La fundadora de las Misioneras de la Caridad hace unidad constante y cotidiana entre el ser misionera y la dedicación a los más “pobres de los pobres”. Por amor a Cristo, al que se consagró con sus cuatros votos, atiende al rostro doliente de los marginados en sus cuatro figuras: los enfermos, los mendigos, los moribundos y los niños abandonados.

            Su admirable vocación –“llamada dentro de la llamada”-, su amor al Señor la llevó a ofrecerle su vida entera hasta el punto de hacer un cuarto voto: no negarle nada a Jesús de todo lo que le pidiera. No deja uno de sorprenderse ante tanta generosidad cuando con frecuencia respondemos a la llamada de Cristo dándole todo “con cuenta gotas”. A veces el sentimiento de su debilidad era tan grande que creía no tener fuerzas ni para caminar; pero su fe en oscuridad era mayor, y seguía caminando. Su seguridad a pesar de la noche venía de la confianza de que El iba delante en el camino. “Cuando algunos días son particularmente difíciles- me quedo simplemente como un niño pequeño y espero pacientemente que la tormenta se aleje…”, p.271. Sus cartas privadas a sus directores espirituales son un claro testimonio de las maravillas de la Gracia en un alma entregada.

            Puede pensarse que era prioritariamente su proximidad a los pobres y rechazados, su callada compasión por ellos, lo que motivaba sus desvelos. Pero ese amor estaba radicado y recibía todo su sentido del amor a Jesús. “No somos trabajadoras sociales. Somos contemplativas en el corazón del mundo. Estamos  24 horas al día con Jesús” (Alocución en el Instituto Regina Mundi, Roma, 20-12-1979). Y es que en ella la atención amorosa a los abandonados también era oración. Lo que  pretendía no era hacer solo una labor humana de consuelo, sino que los más desvalidos sintieran el cálido y tierno amor de Dios en Cristo por ellos; llevarles, como ella quería cumpliendo la voluntad del señor, la luz de la Vida. Así quedarían iluminados sus dolores. Sus delicados cuidados y desvelos (lavando y curando las heridas, limpiando los cuerpos y casas de los abandonados, dándoles una palabra de esperanza) tenían ese sentido: no sólo aliviar las heridas corporales, el abandono psíquico y moral, sino que supieran que Dios los amaba y que Cristo compartía sus dolores. Es justamente esto, su vocación trascendente lo que mas llama la atención, lo más esencial.

La pobreza es para ella libertad; la castidad es disponibilidad total y la obediencia fuente de Alegría. Todo ello apara poder llevar a Cristo a “esos agujeros infelices” de los “más miserables de los pobres”. “Para estar unidas completamente a Él, necesitamos ser pobres-libres de todo- aquí viene la pobreza de la Cruz-Pobreza Absoluta-y para ser capaces de ver a Dios en los pobres—Castidad Angélica-y para poder estar siempre a Su disposición-Obediencia Alegre.”, 101. Para el “total olvido de sí mismo e inmolación por los demás se necesitan almas interiores -ardiendo por amor a Dios y a las almas. Almas puras que verían y buscarían a Dios en los pobres.-Almas libres “que sacrificarían todo “por llevar un alma a Dios”. En síntesis, ella creyó que Dios le pedía su sacrificio en su llamada. “En tu inmolación- en tu amor por Mí- ellos Me verán -Me conocerán -Me querrán”…105. Cuarenta años después de decidirse a ser religiosa afirma que “nunca he dudado, ni siquiera un segundo de hacer lo correcto: era la voluntad de Dios. Era Su elección”, p.30 (Malcolm Muggeridge, Londres, 1971. Madre Teresa de Calcuta, Sígueme, 1979

 Y esa vocación trascendente se mantenía en medio de grandes penumbras y oscuridad. Teresa iluminaba con su vida la existencia de los demás, daba dones de los que carecía. Y permanecía fiel. Trabajando y orando, uniendo de modo admirable a Marta y María, llevaba, con sus acciones amorosas, a Cristo. Por eso cuando estaba en desiertos de silencio, en profunda oscuridad, el rostro del enfermo, del niño abandonado, del moribundo, le mostraba el doliente rostro del Señor. Y perseveraba.

            Parece increíble, y hubiera sido ignorado si no existieran esas cartas, que esa mujer menuda, tan frágil y callada, presencia viva de la humildad activa e incansable, estuviera durante tantos años en esa terrible oscuridad. Una y otra vez lo repite sin cesar: “Dios no me ama, no veo nada…”, pero continuaba con su acción, sin pausa, sin descanso, con una secreta y profunda convicción de que era bueno amar a quien la necesitaba. En muchos momentos sus expresiones recuerdan las de San Juan en  su Noche Oscura. Y es que ella comprendió que amar a Jesús era amar el sufrimiento, la cruz, pues en ella estaba el Señor. Sobrellevarla con alegría era como recibir el beso de Dios. “El sufrimiento, el dolor- el fracaso- no son sino un beso de Jesús- un signo de que se ha llegado tan cerca de Jesús en la Cruz que Él puede besarla”, (342).

            Volcada hacia “los agujeros oscuros” donde morían los abandonados, les reflejaba el Amor de Dios cuidándolos, barriendo, ordenando los humildes y escasos objetos, lavando sus harapos. “Díganle a Madre, mi amiga, que la luz que ella encendió en mi vida sigue ardiendo”. Así se expresaba aquel hombre abandonado en su oscuridad física y moral. Madre Teresa limpió su casa, ordenó todo y le invitó a que encendiera la lámpara que estaba siempre apagada porque nadie visitaba al enfermo. Pasado el tiempo, las misioneras de la caridad veían la lamparita encendida. Y oyeron esas palabras de gratitud. Porque madre Teresa no solo cuidó físicamente al enfermo sino que se detuvo a verlo. Su mirada atenta pudo descubrir el parecido de ese hombre con su padre en una foto que le enseñó. “Rebosaba de alegría” porque ella lo había reconocido en ese aspecto de su ser, inadvertido, que lo vinculaba con sus orígenes. Después encendió la lámpara porque las misioneras iban a verle. Y siguió encendida. Era un símbolo de la luz que ella llevaba a los que sufrían.

            Esta mujer firme y valiente proclamó con fuerza la defensa del niño no nacido, “es el más pobre entre los pobres de hoy en día, el menos amado, el más despreciado, el desecho de nuestra sociedad”, decía. Es un profundo misterio saber de donde surgía, cual era la fuente de esa energía que sostenía e impulsaba su vocación cuando todo se cubría de oscuridad. “Jesús, su solo y único amor” callaba mientras ella le daba todo, “el silencio y el vacío son tan grandes que miro y no veo, escucho y no oigo…Quiero que rece por mí-para que yo le deje las manos libres”, decía a uno de sus directores espirituales.

             Su vocación: difundir el amor de Cristo, por eso son llamadas Misionera de la Caridad. Cuando no sentía la presencia de Jesús en su corazón ni en la Eucaristía se maravillaba de la grandeza de su Señor para hacerse presente “en el angustioso disfraz de los más pobres”. Por eso llegó confesar que  “sería una santa de la oscuridad” porque de su cielo, si lo tenía, la luz se ausentaría para iluminar a los desvalidos de la tierra. “Estaré continuamente ausente del cielo –para encender la luz de aquellos que en la tierra están en oscuridad”, (p.282). Como Teresa de Jesús en su celebre poema, “Vuestra soy para Vos nací”, acepta con gozo todo lo que Dios le mande. Una maravilla de disponibilidad. Difícilmente se puede llevar tan lejos el sentido de participación en la misión redentora de Jesús. Hasta en el mismo cielo llevaría la Cruz de la oscuridad para ofrecer la luz a sus hermanos por amor. Difícilmente se puede llevar más lejos el profundo sentido del Cuerpo místico de Cristo.

 


Más información en la web:

- EN MEMORIA DE LA BEATA TERESA DE CALCUTA


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