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"Buscando a Dios"- compartir de nuestra hna. María

Reseña del libro de Esther de Waal

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Esther de Waal, además de profesora de historia, es una mujer con grandes inquietudes espirituales, que se "tropezó" con san Benito, por decirlo de alguna manera. Debido al servicio pastoral de su esposo- pastor de la Iglesia anglicana-, fue a residir en lo que fuera parte de una antigua abadía inglesa. Eso despertó en ella el interés por conocer la vida de sus antiguos inquilinos: monjes benedictinos.
La experiencia fructificó en una profundización sobre la espiritualidad benedictina, dándole pie a escribir un comentario a la Regla de san Benito.

El comentario es muy actual, con el acierto de encaminarlo a ser entendido y vivido en la vida de cualquier persona que BUSQUE A DIOS.

Os dejamos con la reseña que escribe nuestra hermana María.

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"Buscando a Dios"- Col. Nueva Alianza nº 196, Ediciones Sígueme (Salamanca 2006)

El libro está escrito por una mujer anglicana, madre de familia y trabajadora, que a raíz de vivir en lo que fue parte de una antigua abadía benedictina, siente el deseo de conocer el espíritu de vida de la comunidad que vivió allí, y profundiza en el conocimiento de la Regla de san Benito.
Esta mujer laica, sin ningún tipo de experiencia monástica, movida por el deseo de Dios y de una vida de oración profunda en su vida ordinaria, es por eso mismo capaz de ir más allá de todo lo externo y circunstancial de la Regla (que no es posible para ella), e ir a «lo esencial»: al fondo que se esconde tras cada indicación de san Benito, para poder así aplicarlo a su vida cotidiana.

El libro empieza hablando de san Benito. Tanto ese primer capítulo como muchos otros comentarios a lo largo del libro ayudan a conocerlo mejor, viendo hasta qué punto la Regla está empapada de la Palabra, y cómo, lejos de ser una serie de normas, pone continuamente en la base de todo el amor a Cristo.
La autora también señala la comprensión y misericordia de san Benito hacia la debilidad humana, y cómo realmente con corazón de padre llega y se adapta a todos, compadeciendo al más débil y alentando al fuerte a ir más allá. A todos, desde donde estén, los anima a “correr” (que no andar) hacia Cristo.

Como padre, su preocupación no es la de legislar, sino la de educar para reconocer las necesidades del momento y saber responder. San Benito habla de cosas muy concretas en la Regla, pero su objetivo principal es el de educar el corazón a través de ellas, para que sus discípulos puedan responder frente a muchas otras situaciones con el mismo amor a Cristo. La autora es capaz de captar esto, y por ello a lo largo del libro va aplicando las enseñanzas de san Benito a las dificultades que encuentra para vivir una vida de oración y de encuentro con Dios en su vida cotidiana.

 

FOTOHna.María , comparte su apreciación de esta lectura

Hna.María , comparte su apreciación de esta lectura

Uno de los capítulos que parecen centrales del libro es el de la «estabilidad». A través de una cita de A. Bloom señala que el núcleo de la estabilidad (en un sitio concreto y con unas personas concretas) está precisamente en la certeza de que Dios está en todas partes, y que no necesito buscarlo en otro sitio. Que si no puedo encontrarlo aquí, no lo encontraré en ningún sitio, porque el ausente soy yo, y no Él. Para poder aplicar esta estabilidad en su vida ordinaria, la autora comenta cómo la estabilidad geográfica y de relaciones (tal y como se viven en un monasterio) es un medio, una herramienta, para alcanzar la estabilidad del corazón. Y en su día a día, ella ve esa estabilidad en la presencia de toda su persona en el instante presente, sin evadirse, sino afrontando cada situación con todo su ser. En reconocer que no me encontraré con Dios cambiando las circunstancias, sino captando su presencia en ese instante, en lo que se me está dando.

San Benito señala hacia la perseverancia como medio para poder vivir la estabilidad, y esta perseverancia queda fundada en la fidelidad de Dios. Nuestra estabilidad está en Él, porque Él es fiel. Y la estabilidad es la respuesta a esa fidelidad. Se puede perseverar al pie de la Cruz, porque Él es fiel a sus promesas: “...sin cansarse ni echarse para atrás, pues ya lo dice la Escritura: Quien resista hasta el final se salvará. Y también: cobre aliento tu corazón y espera con paciencia al Señor” (RB 7, 36-37).

Esta visión que da de la estabilidad ayuda a entender también el capítulo que ella llama «el cambio» (conversión de costumbres). Comparaba la estabilidad a “mantenerse firme”, “no huir”, y eso acaba siendo la base para la muerte continua de la que habla al tratar la conversión. Habla de esta conversión a través de la dinámica continua de muerte y vida, de los momentos de nuestra vida en los que nos puede ser más difícil reconocer la mano de Dios, o en los que hay cambios o separaciones, o descubrimientos de nuestra miseria, que parecen entrarnos en una “muerte”, de la que, como el grano de trigo, sabemos que saldremos con Cristo con una nueva vida. Para ello hemos de estar abiertos, siempre dispuestos a levantarnos y recomenzar. Consciente de nuestra debilidad, san Benito nos da como último instrumento de buenas obras, y quizá en muchos momentos el más importante, el de «nunca desesperar de la misericordia de Dios».

Algo que la autora señala en varios capítulos es la conciencia que tiene san Benito de que la persona es cuerpo, mente y espíritu, y por tanto, del equilibrio que tiene que haber entre el trabajo, el estudio y la oración. A través de esta vida, que va combinando estas tres dimensiones en lo ordinario y lo cotidiano, se va descubriendo la presencia de Dios en cada actividad, en lo más sencillo y pequeño. No hay división entre lo natural y lo sobrenatural, sino que san Benito lleva al encuentro con Dios en la realidad concreta de la vida cotidiana. Nada es menospreciado, y por eso llega a pedir que se traten como vasos sagrados las herramientas utilizadas, y por tanto, mucho más a las personas y el trabajo que hacen. La autora reconoce que en su jornada le es más difícil llegar a vivir esta unidad entre todas las actividades, sobre todo por la tendencia actual de “compartimentar” los diferentes ámbitos de la vida, pero encuentra una ayuda en el estar completamente volcada en el momento presente, que hablaba en la estabilidad, y en el mantenerse bajo la mirada de Dios en todo momento, que san Benito inculca a sus discípulos.

 No hay interrupción entre una actividad y la otra, entre la oración y el trabajo, porque todo se vive en presencia de Dios y como encuentro con Él, y esto va llevando a una unidad de toda la jornada y del corazón. San Benito pone toda la importancia en lo más cotidiano, huyendo de cosas extraordinarias, y eso mismo es evitar otra manera de “huir”, de querer buscar a Dios a mi manera, en vez de dejarme encontrar por Él en lo pequeño.
También insiste en que ninguna de estas actividades es un fin en sí mismo, sino un medio, y por ello san Benito insiste en la importancia de guardar el corazón desprendido, protegiendo a los discípulos de la autocomplacencia que pudieran encontrar en el trabajo, y dando importancia a obedecer el horario, precisamente como medio para evitar la tiranía de uno de los elementos frente a los demás, y que así la mirada siga fija solo en Dios.

El capítulo en el que habla de las personas queda bajo el mismo punto de vista. Mi relación principal es con Cristo, y mi relación con los otros se fundamenta en Él. De la misma manera que habla de un equilibrio, de una unidad entre el trabajo y la oración, también lo señala en el trato con el hermano y la oración. No hay interrupción: la oración es escucha, y la acogida es prolongación de esta escucha. Y de la misma manera que se comenta el peligro de centrar el trabajo en mí mismo, también existe en mi trato con el otro. No se trata de cuantificar la entrega, sino de simplemente, preguntarme si he contemplado en ellos el rostro de Cristo, y si ellos lo han podido contemplar en mí.

Una de las últimas citas que utiliza la autora me parece que resume muy bien lo que intenta transmitir a lo largo de todo el libro, principalmente en cuanto a la sencillez, iniciativa de Dios, y perseverancia que transmite san Benito a través de la Regla, para vivir entre los muros de un monasterio, y también, como ayuda a comprender la autora, fuera de ellos:
«Se trata de descubrir que poseemos lo que buscamos. No tenemos que precipitarnos en su busca. Estaba ahí todo el tiempo, y si le damos tiempo, se nos revelará» (T. Merton)

Compartido por la hermana María



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