Monasterio Cisterciense Santa María la Real de Villamayor de los Montes -Burgos, España-

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EN MARCHA

 

La comunidad está creciendo

Una ocasión para DAR GRACIAS A DIOS, ALABAR , TESTIMONIAR Y BENDECIR SU NOMBRE

 



Crónica del encuentro- FEBRERO de 2011

Crónicas y Programación de eventos de la Familia Cisterciense de Santa María

FOTOMOMENTOS PARA COMUNICARNOS EXPERIENCIAS Y PROFUNDIZAR NUESTRA VIVENCIA CISTERCIENSE.

MOMENTOS PARA COMUNICARNOS EXPERIENCIAS Y PROFUNDIZAR NUESTRA VIVENCIA CISTERCIENSE.

San Rafael Arnaiz

Experiencias cistercienses internacionales

 Este encuentro ha estado marcado por las ausencias de Tina y Agustín y por la presencia de Carlos y Estrella, nuestros amigos de Esquivias. Todos hemos recordado especialmente a Tina, nuestra hermana mayor, nuestra maestra en vida laica cisterciense, ausente a causa de la dolorosa enfermedad de su madre. Ha estado lejos en la distancia, pero muy presente en los corazones de todos nosotros.

 

     César fue el primero en llegar al monasterio el viernes al mediodía, acompañado de madre Ana, a quien recogió en Becerril de la Sierra, en las montañas de Madrid, donde se encontraba siguiendo el cursillo anual de abades y abadesas. La villa Santa Mónica es una casa de espiritualidad regentada por las agustinas misioneras. Se ubica en las afueras de Becerril y cuenta con un panorama maravilloso de cumbres nevadas, prados verdes y muros de pizarra. El aire del paraje es en extremo limpio y claro. Al llegar, César se asoma a la sala de conferencias por el cristal del patio, y allí puede ver, furtivamente, un variopinto auditorio de monjes y monjas cistercienses −negro sobre blanco y caras muy alegres− atendiendo con mucha aplicación al discurso del ponente. En seguida descubre a la madre Ana, que espera discretamente cerca de la puerta de salida. El curso acaba ese mismo viernes y la madre ya se ha despedido de todo el mundo. Suben al coche y ponen rumbo a Villamayor. Luce un sol radiante. El viaje transcurre plácido y ameno. A las 13:30 los viajeros divisan la espadaña de la abadía y al poco, mientras salen del coche, la esquila del monasterio hace sonar los primeros toques del ángelus que pone fin a la Sexta.

 

   Tras la comida y el rezo de Nona, César duerme una breve siesta reparadora. Después habla por teléfono con Ignacio para consultar la recogida de Loles en la estación de Burgos (ya está preparado Ignacio y saldrá en breves momentos). En esta primera hora de la tarde luce un tiempo de primavera: un sol cálido y agradable; cantos de aves que rabian por que acabe pronto el invierno; la copa azul del cielo despejada de nubes, con un azul más intenso y brillante que nunca. A las 17:00, César se acerca al ábside para rezar el rosario al pie de la imagen de la Asunción de María. Mientras tanto, limpian el coro y preparan enseres la hermanita María Luz y la madre Presentación.

 

     Se acercan las Vísperas del viernes. Toca la esquila, fin de las labores. Loles e Ignacio llegan al acabar el himno. Sigue a la liturgia un rato largo de oración personal, envueltos todos en la penumbra del atardecer. Se nota aquí un gran recogimiento. El Señor en el sagrario. Los corazones encendidos en fuego de amor.

 

     Al salir, en el atrio, con la última luz, Loles, César e Ignacio se abrazan llenos de alegría por volver a verse. Camino del locutorio, van contando cómo discurre la vida, cómo contrastan los tráfagos de la ciudad con la paz de Villamayor, las noticias de cada familia, las novedades, las rutinas…

 

     Cenamos sopa con huevos fritos. Los tres manifestamos un mismo sentimiento: falta Tina; no está Agustín. Esperamos la llegada inminente de Carlos y Estrella; hay mucha expectación.

 

     Al término de la Salve, tras recibir la bendición a través del hisopo de nuestra madre abadesa, descubrimos a la puerta del monasterio a nuestros amigos Carlos y Estrella. Están recién llegados, traen mucho cansancio; vienen también con mucha sed de Dios. Les atiende la madre Isabel, actual hospedera, mientras Loles, César e Igancio se retiran a sus celdas para pasar la noche.

      Fin del primer día. Austeridad, silencio, soledad, fraternidad, quietud y recogimiento.

      Comienza el sábado 26 de febrero con un buen desayuno en el locutorio grande. Son las 7:30 de la mañana. Todos hemos descansado muy bien. Por la reja asoma de vez en cuando una monja que no es la madre hospedera. La primera, madre Ana, nuestra abadesa, muy solícita y atenta con sus futuros oblatos (por nosotros ha dejado antes de tiempo la conferencia de abades y abadesas); asoma también, furtivamente, alguna hermanita, como Marta, que no cabe en sí de la alegría, como Helena, que nos visita una vez para transmitirnos su paz y su fortaleza; madre Rosario, que atiende la portería, también acierta a pasar más de una vez por la reja a causa del ajetreo de sus muchas labores.

 

     Entre Laudes y Tercia arriba al monasterio nuestra hermana Marisol. En todo este primer tramo del sábado, hasta la Nona, la liturgia celebra el oficio de Santa María en sábado, una costumbre muy propia de Císter que ya empezamos a conocer y a observar en nuestra vida. Pues el oblato, desde la soledad y el destierro del mundo, se mantiene tan fiel al Oficio divino y tan apegado a las costumbres de Císter como si se tratara de un monje o de una monja más dentro de la Orden.

 

     A las 12:00 está prevista la meditación del padre Carlos. Previamente hemos tenido un rato de recogimiento, aderezado por un café de media mañana. El coche del sacerdote hace su entrada en la plaza del compás. El padre llega con una sonrisa de oreja a oreja. De inmediato entra a la clausura y nosotros apresuramos el paso, por el muro exterior, para alcanzar los sillares del coro, pues va a empezar la meditación. Esta vez el padre Carlos se supera a sí mismo. Imparte su lección acerca de la oración con el rigor de un escolástico y la inspiración de un místico.

Nos va mostrando las figuras de algunos orantes retratados en la Sagrada Escritura, dentro del plan de Salvación previsto por Dios desde la eternidad. Pasa por Adán y Eva, por Abrahán, por Jacob, por Moisés, por David, por los profetas… hasta llegar a la figura del orante por excelencia, que es Jesucristo.

La hora Sexta sigue a la meditación. Todos salimos iluminados. En seguida nos dirigimos al locutorio para comer. Animación, cordialidad, buen humor, amistad… y un postre de pasteles rellenos que sirve de traca final.

 

     En este mediodía, el tiempo atmosférico ha cambiado en Villamayor. La templanza del día anterior ha dado paso a un clima más propio del invierno, con un viento frío que hiela las mejillas y se cuela hasta lo hondo del cogote. Resulta curioso el hecho de que, a medida que el encuentro ha ido creciendo en intensidad humana y espiritual, el termómetro que mide los grados centígrados haya desplomado su mercurio. Como si el calor humano de la familia cisterciense hubiera absorvido ese primer conato primaveral que pudo sentirse antes de nuestra llegada.

 

     Pasa la Nona y algunos laicos decidimos, por una ocurrencia de César, rezar el rosario en el coro, pues las madres hace tiempo que ya no lo rezan en comunidad sino individualmente, salvo en fiestas o solemnidades. Queda media hora para que den comienzo las actividades de la tarde. No encontramos una mejor manera de esquivar los alagos de la siesta que ésta de ofrecer a nuestra Madre del Cielo su hermosa guirnalda de oraciones. Miramos a la Dolorosa que habita el Calvario del coro; pocas tallas hemos visto con tal hondura en su expresión: verdaderamente se trata de una Madre que llora de aflicción ante el Hijo pendiente del madero. Cuando, entregados a la contemplación de los misterios gozosos, pasamos por la profecía del anciano Simeón, descubrimos que la causa del retorcimiento de la imagen está en la espada que atraviesa aquel pecho.

 

     A las 16:00 entramos al locutorio grande para recibir una maravillosa meditación de madre Rocío sobre San Rafael Arnaiz.

La madre comienza esbozando una síntesis de la vida y el itinerario espiritual de este cisterciense, oblato como nosotros; mas pronto centra el meollo de su discurso en el valor divino de lo humano que constituye la experiencia de San Rafael, una dimensión que corre pareja al lento y doloroso proceso de purificación al que Dios fue llevándole por medio de la enfermedad y de los períodos en los que, forzosamente, el santo se vio obligado a dejar la Trapa.

Las reflexiones de madre Rocío nos elevan, nos llenan de ilusión y de alegría, y las celebramos con un fuerte aplauso.

 

      A las 17:15 toma el relevo Ignacio para relatarnos su periplo en el país de Togo. El club Rotario de Burgos, en colaboración con la Asociación don Bosco o sea, salesianos misioneros en el África francófona, planean una campaña para fomentar el desarrollo de tres comunidades en la región de Kara. Allí construirán un colegio, varios pozos y un puente; también impulsarán la reforestación de más de 1.500 árboles.

Ignacio nos va relatando su viaje por la región para supervisar los lugares y firmar, finalmente, el contrato de colaboración. Las fotografías son elocuentes y nos enseñan el hambre, la misera y la pobreza de aquellas gentes.

Acabamos también con un fuerte aplauso, pero esta vez lo hacemos sacudidos por el impacto, la compasión y la rabia, con un buen nudo cerrándonos la garganta.

 

     Tras las Vísperas, despedimos a Ignacio, pues al día siguiente tiene un compromiso y no puede continuar el encuentro hasta el final. Después de la cena, Completas, y a la postre todos marchamos a las celdas llenos de gozo, en especial Estrella y Carlos, a quienes la Salve y el Shemá han tocado en lo más hondo.

 

     El domingo por la mañana transcurre sereno y sosegado. Desayuno, laudes, oración personal, tercia y eucaristía. A las 11:00 tiene lugar la presentación de Marisol, su relato del viaje a Perú.

Nuestra hermana laica acompañó a las madres Antonia Jacinta y Mª del Carmen de las Huelgas, y a madre Lucía de Villamayor, al monasterio de Santa María de la Santísima Trinidad, en Lurín, fundación americana de la abadía burgalesa de las Huelgas. El reportaje también nos resulta muy impactante. Nos encanta, sobre todo, contemplar la obra de Dios del nuevo monasterio, convertido en un vergel a las pocas décadas de su fundación. Marisol ha retratado cada detalle de su recorrido: aparecen muchas personas (vemos al tío de madre Lucía, que es misionero franciscano en aquella tierra desde los trece años, al hermano de Helena con toda su familia, en especial su sobrinita, que es una niña encantadora); salen también animales, escenas pintorescas y otras no tan pictóricas, pero sí rabiosamente actuales. Sacamos la conclusión de que el Perú es un país lleno de contrastes: progreso y miseria; orden y desorden; frondas y desiertos… mas todo ello envuelto en una belleza que nos arrebata. Al final de este relato también aplaudimos mucho.

      A partir de aquí las despedidas se precipitan. Marisol y Loles han de salir antes de Sexta. La primera viaja a Salamanca; allí la espera una buena amiga con la salud delicada, para recibir sus atenciones y cuidados. Loles retorna a Barcelona. Llega a la estación de Burgos acompañada por César. Les ha costado encontrar el itinerario correcto pero al fin, gracias a su buen sentido de la orientación y a las pertinentes indicaciones de la chica que atiende una gasolinera camino de Vitoria, vislumbran el moderno edifico de la nueva estación ferroviaria burgalesa. Allí se queda Loles con su escaso equipaje, encargada de llevar fuertes abrazos a nuestro querido Agustín –y a Nuria, por supuesto.

 

     César retorna a Villamayor para comer. Encuentra en el locutorio a Estrella, Carlos, Don Alberto y el padre Isidro, el salesiano amigo de la casa, el profesor de música de las monjas más jóvenes y un hombre de Dios con el que da gusto sentarse y hablar. La comida discurre muy amena, pero a los laicos se nos nota la pena por la marcha de los hermanos y por nuestro próximo abandono de la abadía.

 

     Transcurren los últimos tratos. César carga en el coche varias bolsas de rosquillas. A día de hoy, cuando esta crónica se está cerrando, ya no queda ninguna. La comunidad pasa el recreo sentada a la reja, apurando los momentos finales con Estrella, Carlos y César. Este último debe partir ya, pues no puede demorar su llegada a Madrid: allí tiene a su Violeta. A nuestros amigos de Esquivias les cuesta trabajo despegarse de los muros del monasterio. Parece que han encontrado en ellos algo más que paz y sosiego.

 

Ved: qué dulzura, qué delicia,

convivir los hermanos unidos…

  

LAUS DEO

VIRGINIQUE MATRI

 

 



Crónica del viaje de nuestra hermana laica Marisol a Perú. »

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