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Una ocasión para DAR GRACIAS A DIOS, ALABAR , TESTIMONIAR Y BENDECIR SU NOMBRE

 



PARA UNA NUEVA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU ESTE PENTECOSTÉS

COMPARTIR DE UNA MONJA CISTERCIENSE

FOTO¡VEN ESPÍRITU SANTO!

¡VEN ESPÍRITU SANTO!

Aquí traemos a nuestra página parte de una reflexión de la hermana Pilar Avellaneda, perteneciente a una de nuestras comunidades, y quien, desde hace unos meses, realiza el servicio de consejera y promotora en nuestra Congregación cisterciense de san Bernardo.

Desde estas líneas le agradecemos poder contar con su enseñanza que tanto nos estimula. De verdad, muchas gracias Pilar.

FOTOHna. Pilar

Hna. Pilar

El creyente es una persona realista que tiene ojos para ver la realidad desde su fundamento: la Palabra de Dios, por la que toda la vida surge. Como un don, el creyente posee inteligencia para leer desde dentro -inter-legere- la historia, los acontecimientos, las personas y toda la existencia.

PENTECOSTÉS: CUSTODIA DE DIOS AL MUNDO, QUE SUSCITA GUARDIANES

 En un sínodo, que trató sobre la Nueva Evangelización, sabiamente se nos perfiló el diagnóstico de la situación de la humanidad hoy como de “desertificación espiritual[1]. El hombre vive desarrollando una existencia sin raíz, inestable, vacía de contenido, sin Dios… que plenifique la vida.

¡Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano hoy! Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo -el doble lazo que le constituye como ser humano-.
Y es que el hombre ya no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador le ha dado y únicamente vive para sí mismo.

Custodios de la creación

Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso los huesos secos (cf. Ez 37,1-14) [2]. Este es el grito de esperanza que resuena en la celebración de Pentecostés. La tierra entera ha sido creada para ser fecunda, no para endurecerse y agrietarse por falta de un agua que verdaderamente sacie el anhelo de acogida y comunión del corazón humano. La fecundidad de la tierra, de la que Pentecostés se hace eco, es expresión de la inmensa belleza de Dios y su deseo de vida para el hombre, y esta vida nace de una primordial llamada a ser custodios de toda la creación que el relato del Génesis expresa así: “Tomó, pues, Yahvé al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn 2, 15). Es bello acoger y cuidar, pero además es vital para el ser humano.

La creación entera es algo más que una bella obra salida de las manos y la boca del Creador, es la inclinación de Dios sobre su criatura amada para darle gratis la felicidad y la vida, una felicidad que pasa por ser guardián de esta creación. En la Biblia la creación revela, no tanto “la gloria de Dios” en el sentido de expresión de su autorrealización y poder, como el anonadamiento de Dios entregando su obra al ser humano, poniéndola en sus manos para que el hombre encuentre su realización siendo custodio de todo lo que de Dios ha recibido. Esta es la gratuidad de Dios que crea el mundo no para su gloria sino para el hombre, ya que la gloria de Dios, según San Ireneo es que el hombre viva, “gloria Dei, vivens homo”[3].

Este Padre de la Iglesia habló de Pentecostés como custodia de Dios sobre el hombre y dijo:

El Señor prometió que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios...El Señor lo dio a la Iglesia enviando el Defensor sobre toda la tierra...necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto...Ya que tenemos quien nos acusa, tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses” (San Ireneo, Libro 3, 17, 2-3)

Acojamos, pues, la gracia de la Resurrección de Cristo y el envío del Espíritu de Vida… y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la armonía y la paz.

San Ambrosio sabiamente entendió y vivió este “ser cauces de Dios” en el mundo, para que reverdezca la vida verdadera en todos los corazones, por eso exhortó a los creyentes diciendo:

“Recoge el agua de Cristo, esa agua que alaba al Señor (los salmos)...Recoge el agua de numerosos lugares en que la derraman esas nubes que son los profetas...Llena el seno de tu mente, para que tu tierra se esponje y tengas la fuente en tu propia casa...Quien mucho lee (la Escritura) y entiende se llena, y quien está lleno puede regar a los demás; por eso dice la Escritura: Si las nubes van llenas, descargan la lluvia sobre el cielo” (Carta 2, 1-7: PL 16, 847- 851).

Dirá San Bernardo:

“Salmodiad sabiamente: como un manjar para la boca, así de sabroso es el salmo para el corazón. Sólo se requiere una cosa: que el alma fiel y sensata los mastique bien con los dientes de la inteligencia. No sea que por tragarlos enteros, sin triturarlos, se prive el paladar de su apetecible sabor” (San Bernardo, Comentario al Cantar de los Cantares, Sermón 7)

Todos los Padres nos transmiten este cauce de la Palabra, como medio para llenarnos del agua de Cristo. El contacto asiduo con la Palabra de Dios (la lectio divina) nos proporciona el agua de Cristo, su mismo Espíritu, sus sentimientos, sus planes, sus caminos, y no sólo tener la fuente en casa sino ser transformados para custodiarnos unos a otros.

Ante los interrogantes, que surgen en el interior del hombre, Dios no da una respuesta teórica sobre el por qué del dolor del mundo. Simplemente se ofrece como la “custodia”, el seno de este dolor, y envía su Espíritu consolador y orientador al hombre. Dios es un Dios cercano, que justamente en la cercanía revela su amor de misericordia y su ternura fiel enviando el Espíritu Consolador.

El creyente atiende a la Escritura con un oído espabilado porque de ella nace el discernimiento en las opciones y acciones de la vida. De forma que todas nuestras empresas tengan buen fin, para el bien, para custodiar al prójimo que sufre sin encontrar sentido a su dolor.

Pentecostés, la fiesta del Espíritu de Dios, guardián de la humanidad, entraña todo esto y mucho más. Dios no es algo etéreo o lejano a las vicisitudes de los hombres, su Espíritu está pronto a fortalecer, consolar, iluminar el camino …

Hna. PILAR AVELLANEDA RUIZ, CCSB.

 



[1] BENEDICTO XVI, Meditación Hora de Tercia en la inauguración del Sínodo para la Nueva Evangelización, Roma  8 de Octubre de 2012.

[2] FRANCISCO I, MENSAJE URBI ET ORBI DEL SANTO PADRE PASCUA, Roma 31 de Marzo de 2013.

[3] C. DI SANTE, El Padre Nuestro. La experiencia de Dios en la tradición judeo-cristiana, Salamanca 1998, 80-83.



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