Monasterio Cisterciense Santa María la Real de Villamayor de los Montes -Burgos, España-

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La comunidad está creciendo

Una ocasión para DAR GRACIAS A DIOS, ALABAR , TESTIMONIAR Y BENDECIR SU NOMBRE

 



La separación del mundo según nuestros Padres

En el día de su solemnidad

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Cuando Dios creó al hombre, “plantó un jardín en Edén y coloco en él al hombre que había modelado” …pero, el pecado  hizo que esta experiencia de Dios según Adán y Eva, fuera  desdichada de veras, porque, expulsados de la presencia de Dios  y arrojados del paraíso por los querubines, se cerró así el camino del árbol de la vida”. (Cf. Gn 3,24)

1.-El desierto en Jesús:

Cuando Jesús deja el Jordán, lleno del Espíritu Santo,  era normal que fuera a predicar, curar, enseñar…pero, hizo todo lo contrario, se interna en el desierto, en la soledad y en  el silencio completo, con ayunos prolongados, y se aleja de todo y de todos, dejando atrás el mundo que le rodea.

 A lo largo de estos 40 días, Cristo inaugura para la humanidad  un nuevo orden: el desierto como separación del mundo.  Lejos de los deseos terrenos, Cristo, en esa soledad, transmite al hombre su victoria contra Satanás, en los tres combates que representan los puntos débiles que conducen a la humanidad a su caída. Cuando el diablo se apartó de Jesús, los ángeles le servían. El monte de las tentaciones se convirtió en el monte del paraíso, valorando también el desierto como el el lugar de la presencia amorosa de Dios.

Los 40 días de Jesús han sido prolongados por el monacato a toda una vida; para el monje se ha transformado en una vida entera, la cuaresma de la vida, como dirá San Benito.

2.-El desierto en el monacato

Después de Cristo, el nuevo Adán, se han abierto en la historia del hombre experiencias muy nobles: la de nuestros padres del desierto, pasando  por  tantos monjes y monjas que a lo largo de la historia han dejado el mundo con gran libertad y vuelven a Dios con el deseo de vivir y permanecer con Él para siempre.

Así lo experimentó  Antonio, el Padre de los monjes: Después de escuchar la Palabra, reflexiona, decide, se retira a la soledad por fidelidad a Cristo y para imitar a la Iglesia primitiva, desprendido de todo, y  vivir solo para Dios. Hace del desierto su nueva vida, lugar de las tentaciones, de la lucha, y sin duda, también el lugar de la presencia  y cercanía de Dios.

Así lo vivió San Benito, que se retiró a la soledad para vivir consigo mismo y í saciar su sed de Dios.  Antes del encuentro enamorado de Dios, pasó por mucha tribulación  y tentaciones: éstas, le hicieron luchar, así maduró humana y espiritualmente, y fue un  tremendo desafío: le obligó a ponerse siempre en manos de Dios, a confiar siempre en él, se convenció de que por sus propias fuerzas no podía vencerlas. La lucha le hizo interiormente más fuerte y así fue maestro para los demás.

3.-El desierto en nuestra espiritualidad

Ante  la celebración de nuestros Padres Roberto, Alberico y Esteban, hombres de gran energía espiritual,  recordamos sus inicios, así, nos encenderemos en su espíritu para vivir la separación del mundo como un  medio excelente  para  llenarnos más de Dios. Ellos  viven su EXODO creciendo en el amor y en el sacrificio, sin dar pasos falsos. Su llegada a un desierto llamado Cister, tierra intransitable al hombre “por ser el más despreciable, por ser inaccesible a la gente del mundo, era el más adecuado para el género de vida que con tanto empeño habían pensado” (Exordio III,3-4) Este nuevo monasterio será el fundamento donde se construirán nuevas experiencias de Dios

La fidelidad a la Regla de San Benito fue patente desde el comienzo, “despojados del hombre viejo,  (Adán) se alegraron de revestirse del nuevo (Cristo)” y cuanto más libres se sentían de las inquietudes y delicias humanas,  tenían mayor deseo de agradar a Dios con todo el anhelo de su mente y su corazón.

Así lo vivieron  nuestros Padres Roberto, Alberico y Esteban, y todos sus seguidores: ante la tentación del “querer” “no antepusieron nada al amor de Cristo”; ante la tentación del “tener” fueron “pobres con Cristo pobre”; ante la tentación del “poder” vivieron obedientes a una Regla y a un abad, en una comunidad estable. Todos  los medios ascéticos que tuvieron en su tiempo: los ayunos, las vigilias, el trabajo, el control de sí mismos,  fueron instrumentos para  conseguir la limpieza de corazón: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Las armas espirituales que utilizaron fueron: una fe profunda en Dios, una doctrina sana, ayunos, obras llenas de fortaleza, humildad, obediencia, silencio, oración constante, la lectura lenta y atenta  de la Sagrada Escritura, la alabanza e intercesión, la sumisión a un anciano como medio de renuncia interior.

En este Año de la fe, será un estimulo para nosotras, aprender de nuestros Padres el modo de vivir nuestra espiritualidad, en la sencillez de cada día, sin perder de vista la búsqueda de Dios, principio y fin de la vida monástica.

Madre Ana



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